Gregorio Luri

El deber moral de ser inteligente

«La tesis de que el compromiso con la inteligencia es un deber moral recorre toda nuestra herencia cultural»

Opinión

El deber moral de ser inteligente
Foto: @anniespratt| Unsplash
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

Lo cuenta Eliano en sus Historias curiosas: «Cuando los de Mitilene dominaban el mar, impusieron este castigo a los aliados que hacían defección: que sus hijos no aprendieran las letras y no les enseñaran música, pensando que el más duro de los castigos era vivir privado de las artes y del conocimiento».

Ya sé que estamos en otros tiempos, pero no me importa hacer una parcial defección del presente para defender el deber moral de ser inteligentes. 

La tesis de que el compromiso con la inteligencia es un deber moral recorre toda nuestra herencia cultural. Fácilmente podríamos aducir cientos de sentencias en su apoyo, pero nos bastan aquí unos pocos ejemplos para poner de manifiesto la continuidad de esta ambición.

Comencemos por Diego de San Pedro (1437-1498) que, en la Cárcel de amor declara que delante de Dios «y de los hombres no hay pecado más abominable ni más grave de perdonar que el desconocimiento». Son estas, ciertamente, palabras mayores, pero propias de quien se toma al hombre en serio.

Mucho escribió sobre este asunto Juan Luis Vives (1492-1540), doctor en el difícil «ars nesciendi». Dice, por ejemplo, en De disciplinis: «Ruego que cada uno sopese cuán gran beneficio es librarse de la tiranía de la ignorancia que es la más grave y horrible de todas las servidumbres… Pues, ¿qué cosa más funesta puede suceder a un hombre que una falsa opinión?» 

El médico de Balaguer Jerónimo de Merola (nacido en 1527) es el autor de un muy interesante libro titulado República original sacada del cuerpo humano, en el que leemos: «Porque aunque es verdad que con ciencia y saber puede un hombre ser malo. Es también verdad que sin el saber y ciencia, no pude ser en ninguna manera bueno. Porque obrar bien sin tener conocimiento de la obra, y del subjecto della, no puede ser sino a caso, y semejantes obras no pueden ser de algún merecimiento: pues no proceden de voluntad determinada.» Elemental, ¿no? Pues esta misma semana hubo quien intentó refutar mi defensa del pensamiento riguroso alegando que «los dirigentes nazis, muchos con título, tenían un pensamiento rigurosísimo».

El gran Calderón de la Barca (1600-1681) pone en labios del Basilio de La vida es sueño esta sentencia: «Que a quien le daña el saber / homicida es de sí mismo». El benedictino Feijoo (1676-1764) prefiere decir lo mismo de esta manea: “Hay que saber para ser mejores”.

Jaime Balmes (1810-1848), el intelectual más injustamente relegado de nuestro siglo XIX, desarrolla nuestra tesis en su Ética con su contundencia argumental habitual: «La primera de las facultades y que está como en la cima de la humana naturaleza es el entendimiento, el cual conoce la verdad y sirve de guía a las otras. Este es el ojo del espíritu; si no está bien dispuesto, todo se desordena […]. Es claro que no pueden ser indiferentes para el entendimiento la verdad y el error; su perfección consiste en el conocimiento de la verdad, luego tenemos un deber de buscarla, y cuando no empleamos el entendimiento en este sentido, abusamos de la mejor de nuestras facultades […] El amor a la verdad no es una simple cualidad filosófica, sino un verdadero deber moral; el procurar ver en las cosas lo que hay y nada más de lo que hay, en lo que consiste el conocimiento de la verdad, no es solo un consejo de arte de pensar, es también un deber prescrito por la ley de bien obrar».

Concepción Arenal (1820-1893) es aún más contundente que Balmes en La instrucción del pueblo, memoria premiada por la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1878. Permanecer voluntariamente -dice- en un estado de letargo intelectual es «mutilar la existencia» y «consumar una especie de suicidio espiritual». Y añade: «el niño cuyos padres no pueden instruirle es, en cierta manera huérfano; tiene lo que podría llamarse orfandad intelectual». Ahora bien, “el deber de instruirse no brota espontáneamente de la conciencia». Tanto es así que «no parece obligatorio sino al que sabe ya». Y aquí está la paradoja que sólo puede resolver un buen maestro, es decir, un celoso guardián de lo mejor que puede llegar a ser un alumno. Para Concepción Arenal, primero tenemos el deber de cultivar la inteligencia y, basado en él, el derecho a la instrucción, porque no hay deberes imposibles. El argumento central que encuentra para fundamentar el deber moral de ser inteligente me parece tan sencillo como contundente: El hombre necesita entendimiento porque ya tiene voluntad. Precisamente porque la voluntad está presente en el niño, éste tiene derecho a que se le ponga en condiciones de querer racionalmente.  En consecuencia, la ignorancia voluntaria es una inmoralidad. La ignorancia debe ser combatida todos los días, porque renace con cada niño que llega al mundo. Esta es la condición humana: morimos sabiendo cosas y nacemos en la más completa ignorancia. Ya sé que la moderna psicología ha abandonado la teoría de las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad, con lo cual deja al entendimiento desasistido y a la espera de que alguien venga a interesarlo en algo.

De un artículo del pensador catalán Eduardo Nicol (1907-1990) publicado en Cuadernos Americanos y titulado «Conciencia de España» (1947), extraigo dos citas complementarias. La primera, tiene clara resonancia balmesiana: «La responsabilidad del pensamiento ante la verdad es una responsabilidad moral» y la segunda posee un aroma cervantino: «La muy entretenida tarea de aclarar las ideas adquiere el carácter de una misión moral, como la de desfacer entuertos.» Esto de la «tarea de aclarar ideas» y, en general, todo cuanto suene a esfuerzo no está hoy muy bien visto por la ortodoxia pedagógica. Algunos novólatras proclaman, incluso, que la cultura del esfuerzo era propia de la escuela franquista. A mí, que la viví en mis carnes, me parece un altísimo y excesivo elogio.

Reservo la última cita para el barcelonés José Ferrater Mora (1912-1991). Se encuentra, también, en un artículo de Cuadernos Americanos titulado «Del intelectual y de su relación con el político» (1944): «El mayor enemigo de la libertad no es la autoridad ni el poder ni el mando, sino precisamente la confusión».

Si la idea del deber moral de ser inteligente posee una larga tradición en España, su formulación explícita se la debemos a John Erskine, fundador de la Universidad de Columbia, que escribió en 1914 un ensayo titulado The moral obligation to be intelligent, titulo que hizo suyo posteriormente Lionel Trilling

¿Por qué parece una excentricidad defender hoy el deber moral de ser inteligente?

Ya lo he insinuado: porque la voluntad ha desaparecido del discurso pedagógico, sustituida por el ambiguo y confuso interés; porque ya no creemos que la verdad obligue, preferimos creer que se construye; porque la memoria se considera innecesaria en los tiempos de las exomemorias; porque el maestro ha dejado de ser un referente para convertirse en un acompañante; porque si es verdad, resulta para algunos poco emocionante; porque pensar cansa… Sin embargo, estoy convencido de que los mejores sistemas educativos son aquellos conscientes de la carga moral del aprendizaje y junto al derecho a la educación sitúan el deber de educarse.

Para acabar, le cedo la palabra a Andrés Laguna, que en su Viaje de Turquía (1557) canta esta coplilla:

Los ciegos desean ver,

 oír desea el que es sordo, 

y adelgazar el que es gordo, 

y el cojo también correr; 

sólo el necio veo ser 

en quien remedio no cabe, 

porque pensando que sabe

no cura de más saber.

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