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El desengaño

Todos podemos convenir que el problema con el independentismo en Cataluña tiene su origen en un conflicto histórico de carácter territorial. Es algo objetivo. Así se ha entendido creo hasta hoy: pero después de presenciar el debate en el Parlament, con el objeto de discutir e intentar aprobar una Ley de Referéndum que permita hacer una consulta secesionista, creo que muchos ya no compartirán esta interpretación de forma completa. Habrá que introducir nuevas variables. De hecho, las batallas que hasta hoy tenía por ejemplo el PSOE sobre el número de naciones que constituyen España o el consenso para empezar a discutir en la Comisión Constitucional de las Cortes el futuro del Estado autonómico, suenan ya como acontecimientos de un pasado lejano.

La forma en la que la mayoría ha laminado a través de los órganos de gobierno de la cámara los derechos de oposición en Cataluña, tendrá un efecto político inesperado. Estoy seguro. Los que creían que estábamos ante meras provocaciones que no caerían en la ilegalidad flagrante, pensando que el conflicto sería reconducible después del 1 de octubre a través de una negociación política sobre la identidad y el autogobierno, estaban equivocados. El problema territorial parece esconder la emergencia de actitudes y comportamientos que ponen en serio peligro la pervivencia y viabilidad de la democracia representativa en nuestro país.

La manera en la que se ha desarrollado la sesión demuestra que el método asambleario se ha introducido en el proceso político. La Presidenta de la institución rechazaba una tras otra las advertencias de los letrados, la mayoría parlamentaria se ha hecho dueña del Boletín de la Cámara y una parte de la Mesa se inventaba sobre la marcha un procedimiento ad hoc para aprobar la Ley. Creo no tener constancia de hechos así en el parlamentarismo civilizado en las últimas décadas. La Constitución, el Estatuto de Autonomía y el Reglamento que protegen a los diputados y las minorías parlamentarias han quedado en suspenso. Las CUP, verdaderas triunfadoras de lo sucedido hoy y de lo que pueda venir con posterioridad, sonreían en sus escaños sin participar en el debate.

Entiendo que muchos se habrán desengañado. Venían identificando nacionalismo y democracia desde tiempos inmemoriales, pese a las señales que han llegado y siguen llegando desde la historia. Ahora recogemos lo sembrado: décadas de prácticas y discursos ajenos a la tradición republicana y liberal. Décadas de ensimismamiento constitucional en las que se descuidó la legitimidad política de ejercicio y el consenso en torno a lo básico. Apunten esta frase de Puigdemont y contengan la respiración: “la democracia no se define ni se justifica por el respeto a los procedimientos”.  Europa, siglo XXI.

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