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El discreto encanto del terrorista

Foto: ALVARO BARRIENTOS | AP

El terrorista tiene algo que no tienen los delincuentes comunes. Tiene, como el guerrillero, un encanto, un aura, unas manos que, aunque manchadas de sangre, nos parecen hermosas. “Hay algo noble en todas las espadas”, decía el poeta. Y sí, quizá le presuponemos una suerte de nobleza abstracta a quien asume el riesgo de ejercer la lucha armada. O tal vez sublimamos en él un ansia adolescente de revolución. Quién sabe. Divago sobre esta cuestión a raíz de la fotografía en que Idoia Mendia, Secretaria General del Partido Socialista de Euskadi, aparece sonriente, compartiendo mantel con Arnaldo Otegi, un hombre que, a nuestro pesar, y seguramente al suyo, se ha convertido en el termómetro moral de escenario político español.

La imagen ha generado cierta conmoción, siendo la muestra de repulsa más sonada la de José María Mújica —hijo de Fernando Múgica Herzog, abogado y dirigente socialista asesinado por ETA en 1996— que solicitó de inmediato su baja en el PSOE. Aunque el Presidente del Gobierno ha restado importancia al asunto, la imagen de la máxima dirigente del PSE sonriendo junto a quien fue verdugo de sus compañeros ha generado mucha inquietud entre sus filas. En efecto, la imagen arroja demasiadas preguntas: ¿cuándo es lícito sentar a tu mesa a un delincuente condenado? ¿En qué momento deja de ser una ofensa a sus víctimas? Algunos comentaristas apuntan que Otegi ha saldado sus cuentas con la justicia y por tanto es legítimo tratarle como a un ciudadano más. Este argumento, aunque irreprochable, no sostiene la mínima comparación. Es evidente que ningún político compartiría un menú navideño con Miguel Ricart, el asesino de Alcàsser, en libertad desde 2013. Ni siquiera con Rodrigo Rato o Luis Bárcenas, cuyos delitos no son ni remotamente comparables a los que Otegi sigue justificando. Pero a él nadie le negó la silla.

Por desgracia, nos estamos acostumbrando a verlo retratado como hombre de paz en demasiados selfies. El terrorista siempre mantiene su discreto encanto. Su pasado no lo desprestigia social ni moralmente. ¿Por qué? Sospecho que hay dos motivos por los que buena parte de la opinión pública absuelve al terrorista y no al homicida común: o bien considera que unas vidas valen más que otras, o estima que hay motivos mejores que otros para asesinar. En otras palabras, esta laxitud moral solo se explica si se considera que la vida de Laura Luelmo vale más que la de Gregorio Ordoñez, o que las razones de Txeroki era más nobles que las de Bernardo Montoya.

Los crímenes de intencionalidad política parecen exentos de reproche social: cumplida la condena, el criminal puede volver por la puerta grande y sentarse a la mesa. Sin embargo, que la finalidad de un crimen sea política no atenúa su efectos, si acaso los exagera, pues un crimen político atenta contra toda una comunidad, por eso es un error restituir moralmente a quien contribuyó a perpetrarlos. La absolución moral solo puede llegarle por el arrepentimiento explícito y la colaboración con la justicia. Por supuesto, aunque esto no suceda, Arnaldo Otegi tiene derecho a rehacer su vida, pero no a forzarnos a olvidar su estela criminal.

«Normalizar» a Otegi debe pasar por tratarlo como lo que ha sido, como lo que decide cada día seguir siendo. No se entiende tanto esfuerzo por perdonar a quien nunca ha pedido perdón. Las actitudes públicas hacia personajes así solo revelan una triste degradación moral. Es de agradecer que, por el momento, esta degradación solo circule en una dirección. Aún no hay selfies con Billy el Niño, ni se espera ver a Manuela Carmena brindando con García Juliá.

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