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El discurso de un rey

Quizá no sirva para este oficio porque, en demasiadas ocasiones, no tengo una idea definida y clara sobre ciertas cuestiones de candente actualidad. Una de éstas siempre es la Corona, su legitimidad y eficacia. La forma de gobierno me parece hoy un problema menor si lo comparamos con otros más cotidianos y complejos de solucionar. La institución monárquica no me entusiasma, pero tampoco me molesta. Por mucho que lo intente, no logro ser seducido ni por el ideal republicano patrio ni por las múltiples razones esgrimidas por los monárquicos. El conflicto se dirime, sobre todo, en el campo de lo simbólico y de lo estético, ámbitos donde diluir los malos entendidos y los prejuicios es un imposible. Mucho más de lo que están dispuestos a aceptar unos y otros. Ya les digo, quizá no sirva para esta labor y probablemente éste no sea tampoco el mejor inicio para una columna de opinión.

El discurso navideño del rey sigue siendo un hito imprescindible de nuestra agenda institucional. Eso sí, mantiene una utilidad limitada, como demuestran los acostumbrados comentarios de cartón piedra posteriores de los portavoces de los partidos. Hace tiempo que este acontecimiento ha perdido el interés de los españoles. La dejadez es creciente entre los propios monárquicos. Muchos de ellos lo dejan de fondo en los previos de la cena familiar y, así, se convierte en una cantinela equivalente, aunque menos irritante, que la de los soniquetes de los niños de San Ildefonso. Sé que esto puede resultar incongruente con el respaldo y la aceptación de la figura de Felipe VI que nos muestran las encuestas. Sin embargo, como se ha repetido constantemente en la pasado más reciente, los españoles son más felipistas que monárquicos en la actualidad.

Isabel II de Inglaterra dijo en una ocasión que una de las obligaciones de las monarquías en democracia era captar las señales que le enviaban los ciudadanos. Una lectura de los discursos navideños de Felipe VI nos demuestran cómo se puede responder a estas llamadas de la opinión pública sin caer. Hace pocos días leía cómo se criticaban estos mensajes por su supuesto conservadurismo. Parece que aún sorprende en algunos ambientes que el monarca defienda cada Nochebuena las instituciones democráticas o, como ha hecho este mismo año, recalque la necesidad de consolidar nuestro pluralismo político para garantizar el horizonte común que tenemos los españoles. ¿Qué desean estos críticos que apunte? Las palabras del rey no generan nunca demasiado entusiasmo y no pasarán a la historia de la oratoria, pero son quince minutos que fortalecen una figura. Y es que la corona ha roto con su tradición secular, y hoy en día la institución se legitima como consecuencia de los méritos de su titular. Nada más lejos de lo que ha representado la monarquía a través de los siglos y de lo que le quisieran imputar sus contrarios. También esta nueva dinámica conserva un peligro latente: caer en la tentación de la cómoda demagogia para alcanzar el aplauso fácil. Esperemos que nunca decida tomar ese camino.

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