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El espejo de Narciso

Necesitan mirarse en un espejo que les diga que ellas son las más hermosas del reino como la bruja guapa de Blancanieves.

No es extraño que cuatro de cada cinco mujeres ejerzan una autocrítica severa sobre su aspecto físico como tampoco lo es el hecho de que sean precisamente ellas quienes giren el objetivo de sus teléfonos inteligentes hacia la realidad más hermosa en un selfie infinito. Las féminas saben que la perfección no existe aunque insisten en la búsqueda del canon universal de la belleza. 

Necesitan mirarse en un espejo que les diga que ellas son las más hermosas del reino como la bruja guapa de Blancanieves. No hay en el mundo juez más estricto que uno mismo. Una mujer mide su peso en kilos y en gramos, estudia matices en los colores, ralentiza su paso, saborea el olor de las flores, huele a perfume, interpreta un beso. Y si a una mujer le gusta gustar, más le gusta gustarse. 

A las mujeres no hay quien las entienda: o están graciosas y habladoras, ríen en voz alta, parecen bailar mientras se mueven, o las ves tan enfadadas, hurañas y distantes que no sabe uno si se trata de otra o la misma mujer de antes. Los cambios de humor son constantes en el género femenino. Por eso a veces piensan “I hate my body” (odio mi cuerpo) y se reinventan, se pintan colorete, la raya del ojo y se operan los pómulos y los pechos. 

No es lo mismo una mujer viéndose a sí misma que la mirada de un observador masculino que las admira. Rubens y Botero pintan a la mujer gruesa y carnosa. Schiele la intuye flaca y pelirroja. Me pregunto por qué razón Ovidio retrató a un varón enamorado y abducido en la contemplación de un ser que no es otro sino él mismo cuando está claro que la belleza se encuentra en la cabeza de una mujer. 

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