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El hogar de Europa

"A leer se aprende en la escuela, pero a leer de verdad aprende uno poco a poco, en la intimidad de su confinamiento o, socialmente, en las librerías y en las bibliotecas"

Foto: Ugur Akdemir | Unsplash

Cuando tenía siete u ocho años, mi madre me llevó a una librería de Palma llamada Jaume de Montsó. Allí compré mi primer libro. El primero, al menos, que yo recuerde. El primero que elegí y que no era manifiestamente infantil, es decir, ni Los Cinco ni Julio Verne ni los cómics de Spiderman o del Jabato. Compré el Diccionario de mitología mundial de la editorial Edaf, con sus “santos” en blanco y negro, como correspondía a los libros de bolsillo de aquella época. Hablo de épocas porque, aunque sólo hayan pasado unas décadas –serían los primeros ochenta–, me parecen siglos. Al igual que sucede ahora, las librerías eran lugares donde se traficaba con la santidad, donde se vendían objetos raros y valiosos que no podías encontrar en casi ninguna otra plaza. Faltos de una buena red de bibliotecas públicas y de los actuales proveedores tecnológicos –Amazon, por ejemplo–, las librerías ejercían así una labor sagrada. En efecto, había algo sacerdotal en aquellos libreros, verdaderos mentores de una religión secreta. Sin Internet, la memoria suplía la ausencia de los buscadores online. La memoria y los catálogos. La memoria y el “fondo de armario” de las librerías: un fondo caótico en apariencia. Como en una gramática oculta, sólo la intimidad con el lugar te permitía llegar a descubrir sus puntos ciegos.

Quizás el papel que Steiner otorgaba a los cafés lo hayan desempeñado las librerías en nuestra educación sentimental. Recorrer las calles de ciudad consistía en trazar un mapa de librerías. Viajar era también perseguirlas en busca de lo sorprendente: autores que no conocías, títulos que llevabas tiempo deseando. Por supuesto, plataformas como Amazon o Abebooks cambiaron esta realidad. Una primera edición firmada por el autor pasó a encontrarse a la distancia de un clic, al igual que los catálogos ingleses, franceses o italianos. No sólo eso, sino que los blogs literarios o los grandes foros de crítica como Goodreads empezaron a cumplir una labor de mandarinato cultural. Muchas librerías desaparecieron; otras se transformaron radicalmente, especializándose en nichos concretos, siendo a la vez cafeterías o restaurantes, vendiendo botellas de vino. Resulta irónico que el Café Europa de Steiner se convirtiera en la Librería-Café Europa, una síntesis de ambos mundos. Se diría que la civilización se niega a morir tan rápido.

Somos básicamente aquello que leemos. O, mejor dicho, pensamos de acuerdo a lo que hemos leído. A leer se aprende en la escuela, pero a leer de verdad aprende uno poco a poco, en la intimidad de su confinamiento o, socialmente, en las librerías y en las bibliotecas, que es como decir en un hogar común. Puesto que creo en la importancia de la filiación, considero que si somos lectores es porque hemos tenido un hogar que nos ha acogido: nuestra familia, en primer lugar, y también los lugares santos. Mientras haya familia, librerías y lectores habrá Europa.

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