Sara Montero Minguez

El machismo que perjudica a los hombres

El miedo nos convierte en víctimas. Ese sentido biológico que servía para alertarnos ante los riesgos se ha vuelto contra nosotros. Ya no existen en nuestra sociedad animales ante los que nos jugamos la vida para conseguir comida.

Opinión

El machismo que perjudica a los hombres

El miedo nos convierte en víctimas. Ese sentido biológico que servía para alertarnos ante los riesgos se ha vuelto contra nosotros. Ya no existen en nuestra sociedad animales ante los que nos jugamos la vida para conseguir comida.

El miedo nos convierte en víctimas. Ese sentido biológico que servía para alertarnos ante los riesgos se ha vuelto contra nosotros. Ya no existen en nuestra sociedad animales ante los que nos jugamos la vida para conseguir comida, ni tenemos que enfrentarnos a otros hombres para proteger nuestro hogar. El peligro en nuestra sociedad es una excepción, incluso un lujo para los amantes del deporte de riesgo. Para solventar estas situaciones tenemos un Cuerpo Nacional De Policía y varias aseguradoras privadas. Ahora el pánico tiene otras formas.

Parece incomprensible que se silencien los abusos sexuales en las Fuerzas Armadas estadounidenses por miedo. Los mismos hombres que lucharon en Iraq o Afganistán contra los más escurridizos enemigos temen acudir a un superior o a alguna autoridad cualificada a relatar situaciones de acoso. La razón para no hacerlo es no poder ascender en el futuro en la escala de mando. Un sentimiento similar a ese primitivo miedo a que te usurpen la comida, aunque con una aspiración mucho más sofisticada y ambiciosa que la mera superviviencia.

La inmensa mayoría de los soldados que denuncian son mujeres. Lo que significa que los hombres callan. La imagen de soldado masculino, fuerte y vigoroso que viste el uniforme no permite a los soldados denunciar que han sido acosados. Es uno de los casos donde el machismo (que dibuja al varón fuerte y la hembra débil) perjudica al hombre.

A falta de miedos reales también existen los riesgos imaginarios. No hay una razón de peso que explique el pánico al avión. Se repiten con frecuencia los coros de amigos que recurren a las estadísticas para consolar al viajero temeroso sin que estas cifras surtan el más mínimo efecto. Son miedos ficticios que no se arreglan con aritmética.

También existe el miedo a estar solo, el más incomprensible de todos los pánicos para aquellos que aman (en pequeñas dosis) la soledad. Y el terror a la oscuridad, a la incertidumbre. Ese que nunca pasa aunque crezcas. Por más que la luz siempre esté encendida.

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