Daniel Capó

El mapa de las obsesiones

Se diría que la memoria traza el mapa de nuestras obsesiones. La memoria es carne y persiste como las cicatrices en el cuerpo. La memoria es el nombre de nuestros padres antes de que supiéramos pronunciarlo y también el callejeo, repetitivo y caprichoso, que nos lleva por la ciudad que alguna vez amamos.

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El mapa de las obsesiones
Foto: Filippo Andolfatto
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Se diría que la memoria traza el mapa de nuestras obsesiones. La memoria es carne y persiste como las cicatrices en el cuerpo. La memoria es el nombre de nuestros padres antes de que supiéramos pronunciarlo y también el callejeo, repetitivo y caprichoso, que nos lleva por la ciudad que alguna vez amamos. La memoria es la forja de una sensibilidad, porque sólo lo que nos importa se adhiere como el polvo a las suelas. La memoria es también aquello que no ha existido, pero en lo que creemos firmemente porque sabemos de su realidad: los mitos propios y compartidos que concilian alguna de nuestras contradicciones. «Me preguntas qué utilidad tiene leer los Evangelios en griego –escribió Miłosz–. Te respondo que es bueno conducir nuestro dedo por letras más perdurables que las grabadas en piedra, y que al pronunciar lentamente sus sonidos conozcamos la verdadera dignidad del lenguaje». Eso es también la memoria: salir del tiempo para hablar del tiempo.

Se trata, lo sé, de un misterio que no alcanzo a descifrar. Hace años, dos décadas al menos, vi cómo un cuervo atacaba a una ardilla en el portal de casa. Oí los chillidos del roedor, lacerantes, casi humanos. Y vi los restos de sangre en la pared, su carne herida, la soledad que sigue al crimen. Cuando me acerqué, el animalillo se alejó cojeando, temeroso. No recuerdo, sin embargo, el fondo de la escena: el verde del jardín, las hojas marchitas de otoño, la nieve insomne, el brillo de la germinación en primavera…; sólo los gemidos que trabajan mi memoria como un advertencia de que el tiempo es irrecuperable. «No puedo protegerme de este oro / que perfora y disuelve mis tinieblas», se lamenta Julio Martínez Mesanza en uno de sus poemas. Tampoco yo sé protegerme de una luz que es íntima y común: la mía, la de mi mundo, la de mi país y mis gentes. ¿Quién podría vivir –me pregunto– en un lugar distinto al suyo? No hablo de una geografía, sino de un paisaje moral. Hacerlo significaría acallar la voz de la memoria, que es también la de nuestras derrotas. Quiero decir que contemplo la España de Abel y sé que no puedo desligarla de la de Caín. Ambas nos han modelado, como nos siguen modelando bajo el disfraz del relativismo moderno. Sólo nosotros, en nuestro interior, elegimos una u otra. Y, por eso mismo, resulta conveniente salir del tiempo para hablar de nuestro tiempo si, al hacerlo, aprendemos a desvelar “la verdadera dignidad” del hombre.

Ignoro si estas cosas las pensaba entonces; supongo que no. Al marcharse la ardilla, limpié la pared con agua y jabón. No había nadie en casa; sólo Ralph, un perro labrador, y un terrier escocés llamado Gideon. Tampoco se lo conté a nadie; callé y dejé que el silencio afilara su voz. Permanece en mí, no como una culpa que confesar, sino como una evidencia –frágil y atroz– contra el nihilismo.

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