Carlos Mayoral

El mito de la muerte en Unamuno

«Esto demostraría que para acallar al hombre no podían hacer otra cosa que lo que mejor sabían hacer: asesinar. Lo que ya no era tan fácil de saber es que, después de la voz, venía el mito»

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El mito de la muerte en Unamuno
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Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

La muerte de Unamuno, entendida esta como el periodo que transcurre desde el 12 de octubre de 1936 hasta el 31 de diciembre de ese mismo año, sigue dando que hablar. Esta vez gracias al documental Palabras para un fin del mundo, de Manuel Menchón, que cuestiona la versión oficial de aquellos últimos días del genial escritor vasco. El cineasta ha recabado pruebas que ofrecen una mirada distinta a lo ocurrido aquel Día de la Raza con Millán-Astray, y que además ponen en solfa la idea de que murió tranquilamente en su habitación de Salamanca, con la única presencia del falangista Bartolomé Aragón, la alpargata ardiendo y todo aquello. ¿Quién era ese Aragón? ¿Pudo participar en su muerte? ¿Estaba implicado el régimen? ¿El otro bando?

Confieso que disfruto comprobando que la muerte de Unamuno pasa de la realidad a la leyenda, condición sine qua non para que todo ser trascienda a la historia. Ha ocurrido con Homero, con Safo, con Dante, con Cervantes, con Goethe, entre otros, y sospecho que pasará también con el bueno de Miguel, para mí la mente más brillante de la historia de nuestra literatura. Porque la muerte de Unamuno alimenta el mito en que se ha convertido el filósofo, es decir, el arquetipo de ser humano libre, que dispara contra esto y aquello, que no comulga con ideologías ni credos; el problema, como siempre, es que esa libertad acarrea consecuencias por su peligrosidad, sobre todo cuando se precipita contra la esclavitud intelectual a la que España se vio condenada con los gobiernos de Alfonso XIII, la República y la incipiente dictadura militar. Contra todos ellos disparó la libertad unamuniana, todos ellos intentaron liquidarle, y sobre todos ellos, mal que les pese, se elevará su figura.

Pero lo realmente interesante de aquellos últimos meses del treinta y seis es que quizá se trate del episodio en la vida de Unamuno que con más claridad define los trazos del mito: pese a haber apoyado el alzamiento en un primer momento, ajeno a propagandas y a panfletos va elaborando su propio juicio gracias a esa razón imperturbable que manejaba, hasta concluir que lo que aquella gente traía no era un remiendo para la fracasada república, sino un régimen que asfixiaba libertades y conciencias. Esa transformación, tan clásica en él, es realmente la virtud de su personaje de fábula. Lo que viene después ya son las consecuencias de la metamorfosis. ¿Qué importa si realmente sucedió así el encontronazo con Astray en el paraninfo de Salamanca? Lo relevante es que aquellas sentencias, «venceréis, pero no convenceréis», «no convenceréis porque convencer significa persuadir», «esta es una guerra incivil», etc. lo definen perfectamente, y se quedarán para siempre ahí, en el frontal de su leyenda. En cuanto al día exacto de su muerte, aquel 31 de diciembre, permitan que diga algo que no por políticamente incorrecto deja de ser necesario para la tesis que maneja este artículo: ojalá sea verdad que se cargaron a Unamuno. Esto demostraría que para acallar al hombre no podían hacer otra cosa que lo que mejor sabían hacer: asesinar. Lo que ya no era tan fácil de saber es que, después de la voz, venía el mito.

 

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