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El otro

Si algo nos está enseñando la neurociencia, es a desconfiar de nosotros mismos: resulta que alguien distinto estaba al cargo de nuestros juicios y decisiones. Ya lo anticipó Rimbaud: yo es otro. Estamos así sometidos a la influencia apenas visible de un conjunto de sesgos que distorsionan nuestra percepción y dificultan toda ponderación neutral de la realidad exterior. Dime cuáles son tus prejuicios y te diré a qué tribu moral perteneces.

Pero sucede que la misma Teoría Crítica que suele desdeñar el neopositivismo de laboratorio y pone el foco sobre la influencia de la cultura termina diciendo algo parecido: si somos lenguaje y el lenguaje es un dispositivo social, asimilamos inadvertidamente los discursos en circulación y terminamos por ver el mundo a través de unas gafas que otros gradúan por nosotros. Ideología, falsa conciencia, régimen de percepción: sesgos de distinta madera, pero sesgos al fin. Si esto no es la muerte del sujeto, que venga Foucault y lo vea.

A fin de cuentas, el prejuicio es justamente aquello que está antes del juicio. Se trata de una evaluación espontánea que ya está presente cuando nos disponemos a deliberar interiormente: si es que nos paramos a deliberar. De alguna manera, es como si conspirásemos contra nosotros mismos: una doblez interior. La cosa también tiene sus ventajas, porque el enamorado disculpa en su amada los defectos que en otra condena, mientras la cohesión moral de la tribu proporciona satisfacciones emocionales y seguridad existencial. Autonomía, ¿para qué?

Afortunadamente, existe una solución parcial: ganar autoconciencia. Saber que nuestro juicio sólo será soberano si nos esforzamos en ello, identificando cuidadosamente los sesgos y afectos que tratan de colonizarlo. Sin que por ello debamos renunciar a nuestros núcleos sentimentales; es sólo que sabemos que lo son. ¿Demasiado trabajo? Quizá. Nadie dijo que ser humano fuera fácil.

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