Hermann Tertsch

El periodismo y la corrección política

El periodismo que merezca ese nombre ha de molestar al poder. Porque la información que nunca molesta al poder es publicidad, propaganda, relaciones públicas o crónica de vida social, pero nunca periodismo. Aunque muchos por ejemplo en la España actual se dediquen básicamente a estas actividades y pretendan ejercer el periodismo. El conflicto entre periodismo y poder es más que inevitable, es imprescindible, porque el periodismo siempre dirá algo que el poder no quiera que se diga, con ese contenido, de esa forma, en ese momento.

Opinión

El periodismo y la corrección política

El periodismo que merezca ese nombre ha de molestar al poder. Porque la información que nunca molesta al poder es publicidad, propaganda, relaciones públicas o crónica de vida social, pero nunca periodismo. Aunque muchos por ejemplo en la España actual se dediquen básicamente a estas actividades y pretendan ejercer el periodismo. El conflicto entre periodismo y poder es más que inevitable, es imprescindible, porque el periodismo siempre dirá algo que el poder no quiera que se diga, con ese contenido, de esa forma, en ese momento.

Por eso en la idealización sin límites que se ha llegado a hacer del periodismo se ha hablado del cuatro poder después de los tres pilares del Estado con separación de poderes, ejecutivo, legislativo y judicial. Pero el periodismo en nuestros tiempos y especialmente en las sociedades desarrolladas ha generado unas características que muchas veces no lo hacen funcionar como cuarto poder, como control de los poderes del Estado, sino como prolongación del primer poder o usurpador de los tres a un tiempo. Se pretende así periodismo lo que son las actividades políticas de fuerzas de choque de unos partidos o unas ideologías. Que consisten en el hostigamiento de las fuerzas enemigas por todos los medios y la generación de condiciones favorables para que la parte amiga se imponga en las diversas batallas políticas. Todo ello con el uso más o menos hábil o burdo de los dobles raseros, con los que juzgan y sentencian con sectarismo y parcialidad obscena.

Esto es prácticamente lo único que se conoce por periodismo en gran parte del Tercer Mundo y es muy frecuente en países de limitado desarrollo político como es España. Lo alarmante es lo mucho que se prodiga en sociedades más desarrolladas y de mayor tradición periodística y democrática. Todos los peores hábitos del periodismo de trinchera se han disparado en las pasadas dos décadas en las sociedades desarrolladas occidentales con la corrección política.

En Rusia, en China, en Cuba o en Azerbaiyan, el aparato del poder dictatorial, autocrático o comunista, impide todo periodismo independiente y todo lo que se publica legalmente no pasa de ser propaganda, publicidad y crónica social. En muchos otros países hay una zona gris en la que un periodismo valiente explorar los territorios, conquista espacio y los pierde en reveses bajo la represión del poder, en un pulso permanente entre medios independientes y poder político. Los hay con apenas restos menguantes de libertad y los hay con creciente tolerancia. Siempre sometidos a vaivenes. Pero después están los países libres en los que son al menos tan frecuentes los abusos del periodismo como los del poder. Allí se manifiesta con cada vez mayor virulencia la perversión de un periodismo en sí oficialmente libre pero reconvertido en guardián de las esencias socialdemócratas de las mayorías existentes. Así se ha hecho con la hegemonía mediática izquierdista un periodismo agresivo que demoniza, denuncia y acosa a todas las fuerzas que no considere integradas bajo su techo. Esos frentes mediáticos en las democracias occidentales se han revelado capaces de mentir, ocultar y coordinar mentiras con buena conciencia porque el buen fin de combatir a algun mal absoluto lo permitía y justificaba.

Es una peligrosa senda que se ha visto en el consenso mediático en la ocultación de delitos de inmigrantes en toda Europa para “no dar argumentos al racismo”, en justificar la violencia en campañas contra candidatos considerados como “extremistas” (siempre de derechas), en el ataque a dirigentes que piden el cumplimiento de las leyes, sea el húngaro Victor Orban o concejales derechistas en Alemania oriental o en sistemática aplicación de dobles rasero a propios o ajenos. La corrección política se ha convertido en una ideología intolerante e implacable, cuya defensa pretende justificar, cual moderna inquisición, cualquier abuso, cualquier injusticia y cualquier violación del código deontológico del periodismo. En aras de una bondad superior que es un consenso impuesto de valores izquierdistas cada vez más marcados. En muchos países europeos esta corrección política, fuertemente lastrada por conceptos y contenidos izquierdistas amenaza con aplastar al periodismo libre. Por medio de la marginación, persecución y descrédito de profesionales que se resistan a sus dictados, la corrección política en las democracias amenaza con acabar con la libertad de prensa con la misma eficacia que lo hacen por otros medios las dictaduras y satrapías.

 

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