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El problema permanente

Hay una frase de Keynes que me fascina: «El problema económico de la humanidad no es el problema permanente de la humanidad». Se puede leer en su ensayo Las posibilidades económicas de nuestros nietos, cinco páginas deslumbrantes que son el comienzo obligado de cualquier debate sobre disrupción tecnológica y el fin del trabajo. En ellas, Keynes, que escribe en 1930, defiende que el dolor provocado por la Gran Depresión no debe perturbar la visión de una tendencia general hacia la prosperidad general iniciada en el Renacimiento: la acción combinada del interés compuesto y la innovación tecnológica, terminará, más pronto que tarde, con nuestro menesteroso estado civil, inaugurando una nueva época histórica, marcada por la abundancia, en la que la humanidad habría resuelto su problema económico. El trabajo dejaría de ser necesario; por decirlo en términos marxistas: la humanidad ya no «produciría» su existencia. Nos habríamos ganado el «derecho a la pereza», pregonado por Lafargue, yerno de Marx.

Naturalmente, hasta llegar a ese estadio, habría complicaciones que resolver (Keynes es el primero, hasta donde yo sé, en hablar de «desempleo tecnológico»). Pero una vez allí, ¿qué hacer? Es la pregunta que, impresa en una inmensa lona en una plaza de Ginebra, ha servido de reclamo para el referéndum celebrado el domingo pasado en Suiza: ¿Qué harías si no tuvieras que preocuparte de ganar dinero? Un 78% de los votos declinó instaurar una renta básica incondicional de 2.300 € al mes para todos los residentes. Los suizos han rechazado la propuesta porque, parece, no les salen las cuentas (el «problema económico» no ha sido todavía resuelto). La iniciativa sería prematura, no necesariamente equivocada: bien puede ser que la renta básica universal –ligada explícitamente por los promotores de la consulta a la pérdida de trabajos a causa de la automatización– sea la respuesta futura de la sociedad a un mundo sin trabajo.

¿Sería ese un mundo feliz? El trabajo, dijo maliciosamente Oscar Wilde, es sólo para los que no tienen otras cosas que hacer. Pero cualquiera que haya conocido el desempleo, sabe que la vida no se colorea fácilmente en ausencia de rutinas laborales. Keynes creía que la naturaleza humana se había ahormado para afrontar la lucha por la subsistencia. Nuestra tabla de vicios y virtudes fue fraguada para una economía de la escasez y no estamos programados para el ocio, que puede ser terrible en ausencia de intereses especiales. El nuevo Adán de la abundancia deberá afrontar un portentoso ajuste en gustos, hábitos e instintos. Algunos economistas se dedican ya a avizorar los paisajes del post-trabajo: unos piensan que habrá un retorno a la artesanía (querremos hacer cosas con las manos), otros prevén un rebrotar de la vida comunal en la naturaleza (buen motivo para preservarla). Sea cual sea el escenario, nuestros nietos deberán solventar aquel que resulte ser nuestro problema permanente. Acaso, según Keynes, el de aprender, emancipados de la indigencia, a usar nuestra recién conquistada libertad para vivir «sabia y agradablemente y bien». Vivir bien: bendito problema.

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