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El rayo que la nube esconde

"En la primavera de 1934, Carl Gustav Jung inició un seminario dedicado al Zaratustra de Nietzsche"

Foto: Carola Melguizo | The Objective

En la primavera de 1934, Carl Gustav Jung inició un seminario dedicado al Zaratustra de Nietzsche. Se avenía así a la petición de un grupo de estudiantes interesados en un oscuro autor que él había leído con cautela en sus años de formación, refrenado su apetito «por el oscuro temor de ser como él», y a cuya lectura volvió con fruición tras romper con el maestro Freud.

Nadie busque en las notas de este seminario, incluidas en El Zaratustra de Nietzsche (Trotta), un estudio clínico de la personalidad del filósofo alemán, cuyas flaquezas le impedían aspirar a la grandeza del superhombre: «Su vida no nos convence de su doctrina porque el hombre superior quiere dormir sin cloral», dice el psiquiatra suizo, en relación al somnífero que ingería. Respecto al propio Zaratustra, ocioso es tratar de esclarecer algunos de sus principales enigmas. ¿Hay, en rigor, quien pueda responder de manera afirmativa al retador ¿se me ha entendido? que Nietzsche enarbolase en su última obra?

En puridad, lo que aquí se funda es un diálogo socrático entre el profeta imaginado por Nietzsche y el propio Jung, que en ocasiones desciende a la liza de lo mundano y embiste capotes del todo inusuales, mostrando una cara por completo desconocida. Zaratustra incita a convertir los perros salvajes de nuestro sótano en pájaros cantores y a hacer un bálsamo con nuestros venenos. A modo de respuesta, Jung niega que podamos librarnos de nosotros mismos y afirma que, aun creando 10.000 ángeles, habría tras ellos 10.000 pasiones; aun extrayendo generosidad de la avaricia, esta sería una generosidad avariciosa. Eppur… La fachada es necesaria, a despecho de lo que la casa albergue en su interior.

Otro diálogo en el limbo. En una célebre escena contenida en el cuarto capítulo del libro «para todos y para nadie», el profeta proclama ser el anunciador del rayo ante una muchedumbre que, para su perplejidad, le responde con indiferencia. Se pregunta entonces si debería hablarles como un predicador o pastorearlos como si de un aprisco de borregos se tratase. He aquí la observación de Jung: «Incluso el hombre colectivo, aunque completamente inmune a este lenguaje, puede ser alcanzado a través de lo inconsciente […] No podemos decir que Nietzsche fuera totalmente entendido: incluso quienes armaron un gran escándalo en torno a él no entendieron lo que realmente quería decir. Pero creó una gran revuelo y tocó algo en lo inconsciente, porque trató de formular lo que sucede actualmente en lo inconsciente colectivo del hombre moderno, a fin de expresar esa perturbación».

¿Inconsciente colectivo? Habrá quien se haga cruces ante expresiones como ésta; otros, supongo, las considerarán superadas, como si la filosofía fuese una línea de ferrocarril en que algunos vagones se van desenganchando. Poco importa. Una tras otra, las apostillas de Jung son como las gotas pesadas que, según Zaratustra, caen desde las nubes oscuras tras las que se oculta el rayo. Aunque llueva sobre mojado, el chapaleteo sigue resonando en nuestras cabezas días después de su lectura.

No incurriré en la coquetería de recomendar estas notas a lectores «nietzscheanos», pues el enantiodrómico e intempestivo Cabeza de Pólvora impide la fundación de grey alguna bajo su advocación. Personas hay, empero, que concuerdan con su carácter. Son aquellos que desconfían de la flácida moral de los tibios, los que evitan retreparse en las mullidas poltronas de la costumbre, los que intuyen que todo espíritu se acrisola en el conflicto, aunque el calor del rebaño resulte tan reconfortante. Por decirlo con Zaratustra, «no vuestros pecados, sino vuestra moderación, es lo que clama al cielo». Que caiga el rayo.

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