Marcela Sarmiento

El Sari de la protesta

Manchados de sangre por las heridas o rasgados sin piedad luchan literalmente con los dientes y las uñas por conservar su dignidad.

Opinión

El Sari de la protesta

Manchados de sangre por las heridas o rasgados sin piedad luchan literalmente con los dientes y las uñas por conservar su dignidad.

No conozco la India. Me la imagino. Resulta fácil usar la imaginación porque los referentes literarios o cinematográficos son muchos, lo que obliga a tratarla como a una conocida. 

Pienso en ella y lo primero que viene a mi mente son colores. Telas de muchos colores. Debe estar relacionado con la admiración de una mujer occidental por el sari, vestido tradicional de la mujer india que en mi caso pasa a convertirse en una fascinación. Aún fuera de su contexto geográfico, las mujeres indias lo llevan con tanta gracia y donaire que no puedo evitar mirarlas y observar cada detalle de su indumentaria. Ahora, verlas ataviadas en sus multicolores y largos trozos de tela para desfilar por las calles y protestar por las atrocidades que se comenten contra ellas sin ser escuchadas es verdaderamente desolador. Cargan carteles y pancartas en la que claman y exigen justicia. Una justicia que parece no llegar a pesar de los miles de casos de abusos sexuales de los que son víctimas y en muchos casos convertidas en mártires. Según la Oficina Nacional de Registro del Crimen, cada veinte minutos una mujer es violada en la India. Como si se tratara de un nuevo patrón de crimen bestial e inhumano, la mujer es violada por turnos. Varios agresores. Violación múltiple. Son ataques de los que no se recuperaría ni la más valiente de las sobrevivientes. Es imposible ser la misma mujer luego de sufrir tanto dolor. Los saris que ahora protagonizan titulares de prensa están muy lejos del glamuroso Bollywood. De seda o algodón deambulan por las calles jugando con el destino. Con el miedo de ser acorralados en cualquier rincón. Manchados de sangre por las heridas o rasgados sin piedad luchan literalmente con los dientes y las uñas por conservar su dignidad. Resisten lo insoportable. Batallan por mantener la intensidad de sus colores en un país que está llamado a protegerlos.

 

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