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La avaricia siempre se resguarda en la distancia, bien sea con un enrejado de por medio o en la altura de un rascacielos. Lugares que reflejan la personalidad de quien los habita, como el dueño del perro que termina por parecerse a él tras cientos de paseos compartidos. Las fachadas siempre anuncian una historia escondida, como en los cuadros de Edward Hopper. Quizá por esa razón, al comienzo de su película, Orson Welles obligó a la cámara a subir por una interminable alambrada y salvar un inmenso territorio hasta llegar a una mansión fortificada, de un cierto aire transilvano, para contarnos quién era Charles Foster Kane.

Entrar en la Trump Tower también dice mucho de quien la concibió y construyó. Un rascacielos dorado en plena Quinta Avenida no está hecho para pasar desapercibido. Y mucho menos cuando se entra en él, ese lugar donde el nuevo presidente electo de Estados Unidos cita a la prensa para sus comparecencias. El interior, poblado de fuentes, cariátides y tiendas de lujo, es tan dorado como el cristal que recubre la torre. Como si el rey Midas hubiera superado su pesadilla y aceptado su destino. Donald Trump ha decidido convertir ese lugar en el plató de su nuevo show televisivo.

En el primer trailer para promocionar su película, Welles se colocó frente a la cámara para hablar sobre su nuevo personaje: “Kane es un héroe y un sinvergüenza, un don nadie y un hombre estupendo, un gran amante, un gran ciudadano americano, y un sucio perro. Depende de quién hable de él. ¿Cuál es la verdad sobre Charles Foster Kane?”. La célebre posverdad de la que tanto se habla ahora es en realidad una venerable reliquia del pasado, la herencia de un conocimiento limitado, el humano, que sólo acierta a tratar de interpretar las sombras al final de la caverna. ¿Qué es la verdad? La máxima de Pilato sobrevuela los titulares de hoy de una prensa que parece haber olvidado el sentido de su existencia, su verdad. Sólo desde esa nebulosa, como la que se cierne al comienzo de Ciudadano Kane, se puede entender el estado actual de desconcierto ante el empacho informativo. Intercambiado el ser por el tener, la ignorancia se ha convertido en la verdadera plaga del nuevo siglo y recuerda esa frase de Macbeth, ya cerca de su final: “Empachado de horrores, no logro conmoverme”.

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