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El síndrome del cíclope

Foto: Manchester Art Gallery | RRSS

Hay una perversión del sentido de lo humano que apela al radicalismo y rechaza la contradicción inherente a la vida. En cierto modo, se trata de una enmienda que la razón totalitaria plantea a la belleza, la cual –por naturaleza– es poliédrica. Diríamos que el arte no surge de consignas ni de manifiestos, aunque pueda lógicamente tener un recorrido ideológico. El arte, más bien, perdura por su capacidad de plasmar un misterio –el de la realidad, confrontada a los grandes temas– que resuena y fructifica de un modo distinto en cada uno de nosotros. Así, Cervantes inicia la novela moderna, pero su valor no se agota en constituir un episodio más en la historia de la literatura. Aquiles y Héctor siguen siendo nuestros contemporáneos, al igual que Velázquez, Piero della Francesca, Beethoven o Haydn. Sus obras nos apelan no por su radicalismo, sino porque ensanchan –a veces, hasta el infinito– nuestra experiencia del mundo.

Los extremistas en cambio padecen el síndrome del cíclope, cuyo único ojo reduce el campo de visión a un solo plano de la realidad. En un sentido político, la furia demagógica –presente en las ideologías menos sofisticadas– cumple una función similar a la de los iconoclastas bizantinos: destruir el misterio de la complejidad en nombre de una mirada excluyente, falta de matices, que se quiere imponer al pueblo. La pulsión puritana reivindica un mundo perfecto que entra en contradicción con el reconocimiento de nuestra fragilidad. Y que ahora una nueva iconoclasia pretenda otorgar un marchamo de moralidad a las obras de arte –la última noticia es la retirada del cuadro Hilas y las ninfas, de John William Waterhouse, expuesto en la Galería de Arte de Manchester– nos debe llamar a la reflexión. ¡Ni siquiera la Iglesia se atrevió a tanto! Un mundo que únicamente sabemos contemplar con los anteojeras de la pureza –sea del signo que sea–  constituye un lugar cuyo horizonte moral se ha estrechado demasiado.

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