Daniel Capó

El tiempo es la esperanza de Sánchez

«El tiempo es la esperanza de Sánchez, porque el tiempo significa entretenimiento y olvido, por este orden»

Opinión

El tiempo es la esperanza de Sánchez
Foto: David Mudarra| Moncloa
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Pedro Sánchez empieza a parecerse a Mariano Rajoy, no en lo que tenía de bueno –el manejo, a veces excesivo, del arte de la prudencia–, sino en la esperanza que deposita en el paso del tiempo. Desprovisto ya de un discurso creíble de modernización, el presidente del Gobierno confía en que los meses –y un hábil manejo de la propaganda– le permitirán revertir las pésimas expectativas electorales que indican las encuestas. Tiene buenos argumentos para ello: el principal, la relativa normalización de la economía y de la vida social gracias a los fondos europeos, los tipos bajos de interés y el control de la pandemia. Si lo peor se ha vivido ya, sólo cabe mejorar y no debemos olvidar que la memoria del votante es breve. A pesar de las exigencias comunitarias, no se aplicarán grandes ajustes en los próximos dos años; al contrario, los pensionistas y los funcionarios pueden contar con que se incrementarán sus ingresos, las empresas dispondrán de créditos blandos y de ayudas para la digitalización, y además el desempleo caerá a buen ritmo. Este es el escenario central que maneja Sánchez encomendándose para que ningún cisne negro haga descarrilar la gráfica. Puede hacerlo Cataluña, por supuesto, y la presión asfixiante de sus socios parlamentarios –Unidas Podemos, Bildu, ERC…–, pero difícilmente tendrán recorrido en lo que resta de legislatura. Los proyectos políticos de lo que en ocasiones se ha denominado la antiespaña no suman votos en el resto del país. Madrid y Andalucía resultan sintomáticos al respecto. En ambas comunidades –decisivas en lo que concierne al peso electoral–, la pérdida de voto socialista es reveladora. Y tal vez definitiva. Al menos, por un largo período.

La guerra ideológica abierta –el último ejemplo lo encontramos en la Ley de Memoria Democrática– pretende, más que activar a sus propios votantes, comprometer la centralidad del PP alimentando las expectativas de Vox. Más Vox significa menos PP y, por tanto, menos probabilidad de que ambos sumen. La debilidad de Casado se sustancia en una aritmética parlamentaria muy hostil a sus posibilidades: pactar con Abascal significa no poder hacerlo con casi nadie más. Hay sumas que resultan muy difíciles, si no es en épocas de crisis extrema. Con la economía al alza, es poco probable que se adquiera consciencia generalizada de ello.

Porque, además, la realidad pesa lo que creamos de ella. De ahí la importancia crucial de la propaganda a la hora de definir los debates políticos. Se generan discusiones artificiales mientras se ocultan problemas inmediatos. ¿Qué se dice del precio de la vivienda o de la falta de flexibilidad de la economía mientras se disparan los costes de la energía o se prepara a la ciudadanía para el ayuno de carne? ¡Qué cosas! La expulsión de los benedictinos del Valle –donde se prepara a una de las últimas escolanías de canto gregoriano que hay en Europa– inundará el prime time televisivo, mientras el endeudamiento masivo y una inflación disparada continúan ensombreciendo las perspectivas de futuro de los españoles. El tiempo es la esperanza de Sánchez, porque el tiempo significa entretenimiento y olvido, por este orden. Lo sabía Rajoy y también lo sabe nuestro hombre en la Moncloa. Porque proyecto sólo hay uno: mantenerse en el poder. Es la lógica implícita a la política. No debería sorprendernos.

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