The Objective
Javier Rioyo

Warhol: ese genio feo, católico, tacaño y de derechas

«Dos libros recientes recuerdan la vida exagerada de la mayor celebridad del arte pop en aquellos años setenta de excesos y delirios»

El verso suelto
Warhol: ese genio feo, católico, tacaño y de derechas

Andy Warhol frente a la Academia de Infantería, en Toledo, durante su visita a España en 1983. | Teresa Nieto

«Aquí viene ella.

Será mejor que cuides tus pasos.

Ella te va a romper el corazón en dos.

Es cierto. No es difícil darse cuenta»

Lou Reed

Apenas hablaba, miraba todo, todo el rato, era un genio apropiándose de las ideas y las obras ajenas. No inventó nada y fue el artista más influyente de la mitad del siglo XX. Consiguió ser la mayor celebridad del arte pop, el mejor pagado; sin aparente esfuerzo, reinventó el arte moderno. El arte es lo cotidiano, la reproducción, la copia, una lata de sopa Campbell. «La grandeza de Andy está en reconocer la calidad de lo ordinario y enfocarse en ello hasta que deje de ser ordinario». El artista debe ser célebre, rico, admirado y deseado. Sus ideas más reconocidas procedían de otros. El crítico Robert Hughes reconoció como su más brillante idea de ser un genio en saber convertirse en una celebridad. El gran saqueador de sus contemporáneos como Frank Stella, Jasper Johns o Robert Rauschenberg.

Tenía una enorme ambición, sabía reconocer una idea original en cualquiera de sus contemporáneos. Sabía identificarla mejor que nadie, hacerla suya, ponerle su nombre, empaquetarla y, por supuesto, cobrarla. Picasso no paró de trabajar sin dejar de saber hacer negocios, tener amistades, amores y buenos fotógrafos. Dalí era un gran pintor, extraordinario dibujante y excepcional publicista de sí mismo. Warhol no trabajó mucho, no era un gran pintor, pero demostró ser insuperable en saber hacerse rico y famoso. Nos guste o no, sigue siendo una imprescindible estrella que nos cayó desde el Manhattan. Eran los años sesenta y todavía su obra agita el mercado, llena los museos y él sigue vivo en exposiciones y publicaciones.

Dos recientes libros —además de la cercana y espléndida exposición en el Thyssen con la privilegiada compañía de su admirado Pollock— me hacen volver a ese chico del Soho de Pittsburgh que primero tomó Manhattan y después se quedó con el resto. Uno es una peculiar biografía de unos años locos, unas chicas insólitas y una pandilla que cambió el arte; escrita por el estudioso y especialista Laurence Leamer con el nombre de Las musas de Warhol se acaba de publicar en la editorial Cántico. El otro es una personal lectura de nuestro cercano periodista y escritor, Luis de León Barga: Excesos femeninos. Delirios masculinos, publicada por Fórcola.

Los dos libros nos hacen pasear por aquellos años sesenta que crearon y nos vendieron algunos mitos y muchos animales de una mitología sin ideología, con fugas, negocios, excesos, drogas, sexo y músicas. Todavía viajan con nosotros y han traspasado reglas, generaciones, éticas y estéticas. El libro de Barga nos lleva a algunos de aquellos cercanos a Warhol —Patti Smith, Mapplethorpe o Timothy Leary, sin olvidar a Foucault— y otros excesos y delirios. Nos recuerda cuando en aquellos años de aquella movida acudimos jubilosos al reclamo de Warhol, que llegó a Madrid por iniciativa del sagaz y moderno Fernando Vijande. Y Warhol habitó entre nosotros con sus Pistolas, cuchillos y cruces. No vino buscando musas, ni haciendo superestrellas de mujeres inadaptadas como nos cuenta Leaner de sus principios en la Factory.

En España quería compañía aristocrática y guapa, gente sin disfraces de progre. Barga reproduce en su libro una foto con dos de las elegidas de aquel mundo de modernos que ni eran hippies ni de izquierdas. Se dejó ver y fotografiar en compañía de Blanca Sánchez, Teresa Huarte, Marta Moriarty, Piedi Aguirre Gil de Biedma o de mi amiga Teresa Nieto, autora de la foto del viaje a Toledo. Ellas hicieron el papel de superestrellas, de musas de Warhol, al estilo del Madrid de la primera movida. Warhol no era de aquella vida entre el Rock Ola y el Cock, entre El Sol y el Bellas Artes. Su Factory, su iglesia y sus fieles estaban en otra parte.

«Hizo dos excursiones, dos peculiares elecciones de visita: Toledo con parada en su Alcázar. Y al Valle de los Caídos»

En sus días madrileños no quiso mucha juerga, ni mucha movida; sin dejar de vender sus cosas, prefirió tranquilidad y retiro. Hizo dos excursiones, dos peculiares elecciones de visita: Toledo con parada en su Alcázar. Y al Valle de los Caídos. Su compañía preferida eran aristócratas, guapos y chicas modernas. Teresa Nieto, chica Cock, fue en compañía selecta a su visita toledana. Nos recuerda su mirada, sus silencios, su inapetencia —apenas comió— pero no dejó de observar y callar.

Las estrellas como él pasan de casi todo lo que no sea ellos mismos. Pasó de Almodóvar y otros chicos del montón. Pasó de Maruja Mallo, aunque no desatendió el encuentro con algunos compradores cultos, judíos y coleccionistas. Le llevaron al Museo del Prado, y antes de visitar sus salas, entró en la tienda, compró una reproducción postal del Greco, fuese y no vio nada. Lo del interior no era para él. Ni la llamada movida motivó su curiosidad. Le pareció una cosa pequeña y con plumas. Lo suyo eran hombres más duros, mujeres más locas, pandillas más entregadas, ricos más excéntricos, artistas de caminos más salvajes o mujeres fatales. Su vida era fama, dinero, juerga selecta y perversa.

Supo mantener siempre una compañía, la más importante, la única verdaderamente duradera de su vida: su madre. Una mujer pequeña, sonriente, católica, comprensiva y amparadora. Había emigrado, con el padre de Andy, desde un perdido lugar de los montes Cárpatos a los humildes barrios de Pittsburgh. Acompañó y cuidó a su hijo hasta el fin de sus días en aquella casa de Manhattan que Warhol pudo comprar al principio de su fama y su dinero. La madre nunca dominó el inglés. Siguió hablando con su hijo ese dialecto extraño de los Warhola que apenas nadie entendía. Siempre estuvo unido a su madre, la pequeña Julia, que le enseñó a dibujar, a reciclar latas con las que hacía flores. Una campesina del este europeo que no dejó de ir a misa, de cocinar una sólida sopa de los Cárpatos ni de querer incondicionalmente a ese hijo tan peculiar y cariñoso.

Mientras su hijo se hacía más rico, más famoso, más promiscuo, ella seguía con su amor incondicional por ese niño que creció silencioso y raro, que no soportaba mucho tiempo en la iglesia y que prefería irse con sus amigos de una sexualidad que Julia no entendía, pero que no criticaba. Ella seguía con su pequeña vida en su habitación con vistas; un crucifijo y el retrato de JFK eran su esencial decorado. Ningún Warhol en sus paredes. En el libro de Leamer, se nos acerca a esa vida sencilla de una madre que vivió con su buen y debilucho hijo. Ese chico raro que cambió la historia del arte, que no pagó una cena, ni apenas ninguna colaboración. Él, su compañía, era el más generoso de sus pagos.

«De las excéntricas, ricas, famosas, olvidadas o supervivientes, hay una que no se parece a ninguna: Christa Päffgen. El mundo la conoce como Nico»

La vida exagerada de Andy Warhol, la invención del artista universal que nació en un lugar cutre que llamaron Factory, con un sofá de suciedades seminales, con drogas de todas clases y con sexo abierto. Con el éxito cambió la residencia sin cambiar los hábitos. El arte de mostrarse con los más excéntricos, las más atrevidas y los más canallas de una ciudad que no dormía, de una fauna que nunca amanecía sobria. Del paseo con sus superstars nos hubiera gustado conocer el descaro de Viva, la personalidad de Mary Woronov o a la hermosa Ultra Violet, que también había sido musa de Dalí.

Hubiéramos huido de la compañía de Valerie Solanas, que permanece en la historia por ser la mujer que estuvo a punto de matar a Warhol con tres balas de una Beretta. No acertó como asesina, ni lo hizo como autora, ni como agitadora con su incomprendido intento de triunfar con su movimiento SCUM. Pretendía un mundo de mujeres para derrocar al gobierno, eliminar el sistema monetario y destruir al sexo masculino: «Todo hombre, en el fondo, sabe que es un trozo de mierda sin valor alguno». Después de vencidos, de que confesaran su condición despreciable y abyecta, unos pocos serían mantenidos para la procreación. El resto tenía «la opción de ir al centro de suicidios más cercano, donde serían gaseados de forma silenciosa, rápida e indolora». No consiguió su propósito, pero sí la fama. Siempre será la asesina que no consiguió matar a Warhol.

De las excéntricas, ricas, famosas, olvidadas o supervivientes, hay una que no se parece a ninguna: se llamaba Christa Päffgen, nacida en la Alemania del Tercer Reich y muerta en Ibiza a finales de los ochenta, sin haber cumplido 50 años. El mundo la conoce como Nico, una leyenda y una realidad, una belleza y una inteligencia que Warhol no pudo dominar. Se conformó con admirarla. La voz ronca de la Velvet Underground, la impávida cantante que provocaba los celos de Lou Reed, que hacía hablar a Warhol y callar al resto. No era una gran cantante, ni actriz, pero su presencia sigue siendo inolvidable. Femme fatale que tuvo amores, y un hijo con Alain Delon, que enamoró a Jim Morrison, que dejó seducidos a Fellini o a John Cale.

Murió en Ibiza en 1988, un caluroso día de verano, en una estúpida caída de bicicleta cuando se dirigía a comprar su habitual dosis de marihuana. Había sobrevivido a los nazis, a los ligones de medio mundo, a los compañeros heroinómanos en tiempos de Warhol, nos había alegrado con su adorable tristeza muchas mañanas de domingo. Guardo algunos importantes vinilos en mi vida, el que me dedicó en un camerino de Barcelona en su última gira, y después de compartir un canuto y unas risas, será una de esas historias que merecen la pena haber vivido. Con perdón.

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