The Objective
Javier Rioyo

El 'Guernica' no se toca

«La petición de traslado es un vano intento de justificar derechos sobre un símbolo que nunca fue pensado como homenaje a la pequeña población bombardeada»

El verso suelto
El ‘Guernica’ no se toca

Ilustración generada mediante IA.

«El miedo y el coraje de vivir y de morir.

La muerte tan difícil y tan fácil»

Paul Eluard

No me gustaría que el Guernica se fuera de incierto viaje. Que la política, otros intereses y otros interesados lo dejen tranquilo. Aunque soy partidario de un posible último destino. El que deseó Picasso, el que siempre expresó cuando se le preguntaba. El cuadro más simbólico del siglo XX debería ser exhibido en España, en Madrid, en el Museo del PradoNo es fácil, ni siquiera aconsejable, pero el regreso a su primer destino en Madrid, en aquel espacio especialmente acondicionado para él, El Casón del Buen Retiro, sería un buen destino final. No creo que nunca salga ya del Reina Sofía; seguramente se encuentra bien en ese lugar convertido en museo de nuestras modernidades, aunque estoy seguro de que a Picasso le gustaría más ese clásico palacio cercano a su admirado museo.

Se han vuelto a desatar viejas peticiones de trasladarlo. Llevarlo al País Vasco, ya ni siquiera a Guernica, sino a Bilbao y no precisamente a su maravilloso Museo de Bellas Artes. En fin, entre la ignorancia y la manipulación, con la irrisoria maledicencia de comparar el traslado del Guernica a los restos de Franco, estos valientes gudaris de despacho, los que mantienen en pie el Gobierno que se puso la «medalla» de cambiar los restos de Franco, vamos, unos huesos. Veo la petición de traslado, aunque sea temporal (¿?), como un vano intento de justificar derechos de traslado de un símbolo que nunca fue pensado como homenaje al horror que vivió esa pequeña localidad al sufrir el primer bombardeo sobre una población civil. Lo que allí ocurrió el 26 de abril de 1937, la muerte de más de 1.600 personas, el terror sobre la población, la destrucción de la ciudad; ese primer aviso de cómo serían las guerras del futuro, poco o nada tuvo que ver con el lienzo de Picasso.

Para conocer la historia de la realización del cuadro, de su encargo por la República para ser una de las obras de artistas españoles que estuvieran presentes en el pabellón español de la Exposición Internacional de París, hay muchos libros que se pueden consultar. Muchos relatos documentados y algunas memorias de testigos del encargo y la realización del famoso lienzo. Max Aub, que hizo el encargo oficial, y el poeta Juan Larrea, testigo directo de la creación y amigo de Picasso, han dejado escritos sus recuerdos, sus opiniones y sus testimonios.

Aunque todavía no se haya encontrado el recibo de 150.000 francos que le abonaron por la realización y exhibición de la obra, se sabe que fue una obra de encargo donde la historia del bombardeo de Guernica nunca estuvo presente en el trabajo del enorme lienzo que volvería a la propiedad del pintor después de su tiempo de exposición. No era poco dinero, no era una simbólica cantidad. Por el mismo precio compró el marchante de arte Jacques Seligman su obra más reconocida hasta entonces, Las señoritas de Aviñón; el precio de mercado por la compra, no una cesión temporal.

En junio de 1937, mes y medio después del bombardeo, el lienzo todavía no tenía nombre. Algo que queda claro en la carta que José Gaos —comisario general del pabellón español y padre de la actriz Lola Gaos— envía a Juan Negrín informándole de los adelantos y gastos del cuadro. En ningún momento se dice el nombre de Guernica. Ni José Luis Sert, arquitecto del Pabellón; ni Josep Renau, el cartelista comunista amigo de Picasso; ni Luis Quintanilla, gran amigo y excelente pintor comprometido con la República, que fueron algunos de los habituales visitantes del estudio del pintor en los meses de la creación de la obra, recuerdan que se llamara Guernica.

«Picasso no introdujo en el cuadro ningún elemento que se pudiera identificar con el lugar de la masacre»

Roland Dumas, abogado y amigo de Picasso —y el verdadero artífice de que el Guernica esté en España— se lo cuenta al historiador Thierry Savatier en conversaciones mantenidas para su libro conjunto: Picasso. Ce volcan jamais étient —publicado en español por la editorial Berenice y titulado: El último Picasso—, donde se recogen estas historias, muchas intrigas y bastantes mixtificaciones que son desmentidas en un espléndido libro que es también el más clarificador de cómo llegó el cuadro desde Nueva York a Madrid. Ojalá alguna editorial se decida a publicar el libro del muy interesante y controvertido Roland Dumas, Le fil et la pelote, que completa la historia del Guernica vista por el que fue depositario, por voluntad de Picasso, del destino del cuadro y su complejo viaje a la España democrática.

Allí se cuentan los recuerdos de Larrea. Su convencimiento de que, aunque el cuadro fuera comenzado días después del bombardeo, no introdujo Picasso ningún elemento que se pudiera identificar con el lugar de la masacre, ni siquiera la famosa encina que se salvó de los bombardeos; el Árbol de Guernica no está en ningún lado. Siempre dijo que el cuadro tenía un carácter simbólico, una alegoría cuya acción no se sitúa en un lugar determinado y no tiene título. Escribe Larrea: «Picasso garabatea por su cuenta, igual que un niño que empieza a vivir las representaciones simbólicas que los acontecimientos provocan en la profundidad de su conciencia». Sin duda, el bombardeo de Guernica, el de Madrid, el de Barcelona, la toma de Málaga y toda la muerte y terror de una guerra injusta provocan en Picasso, como en la mayoría de los antifascistas del mundo, un sentimiento de dolor y queja. El drama de la guerra le afecta tanto que cambia su primer proyecto, mucho más indefinido, menos comprometido.

El 5 de junio da por terminado el cuadro e invita a una delegación española implicada en el encargo a visitarlo en su estudio de la rue des Grands Agustins. Allí estaban presentes dos amigos, Zerbos y Eluard. Y Larrea sigue contando que «en este contexto, al ver el enorme lienzo, alguien exclamó: ‘¡Guernica!’ Posiblemente fuera Éluard, que en ese momento componía su Victoria de Guernica… y entonces Picasso hizo suya de inmediato esa palabra. Le oí pronunciarla antes de darle título al cuadro. ‘¡Guernica!’. De esa manera, el nombre de la ciudad vasca quedó asociado a la historia del arte».

El crítico Herbert Read dijo: «El Guernica es un grito de indignación y de horror. No solo de Guernica, sino de España entera; no solo España, sino Europa está simbolizada en esta alegoría». Franco lo intentó traer varias veces, incluso con la implicación poco clara de José Mario Armero. Sólo se consiguió por la intermediación del rey Juan Carlos y el Gobierno de Adolfo Suárez y el embajador Rafael Hernández Quintanilla. La historia desvelada por Roland Dumas es toda una historia de cumplimiento con el deseo de su amigo Picasso, una lucha contra los elementos y los oportunistas. Dejen de querer mover el Guernica. O al menos de moverlo donde nunca quiso su autor que estuviera. Y los que quieran saber de dónde pueden venir algunos elementos de ese drama pintado, de esos gritos de dolor y muerte, que miren El triunfo de la muerte, esa obra maestra del siglo XV que espera su visita en un museo poco visitado de la sorprendente ciudad de Palermo.

A algunos de los comunistas que vieron el cuadro que había terminado Picasso les pareció «antisocial, ridículo e inadecuado a la mentalidad sana del proletariado». Me congratula que el buen comunista y poco proletario del ministro Urtasun haya expresado con la clarividencia que le caracteriza que el Guernica no se moverá. Veremos. Cuidado con el toro, atentos al grito del caballo, demasiado taurinos, ibéricos y dolientes.

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