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Elegía del gobernante perfecto

Si tuviéramos un gobernante sabio y omnipotente, si la autoridad se ganase con su sabiduría infalible nuestro alegre asentimiento… El inmenso Fray Luis de León tira de este hilo hipotético en su De legibus: “Si pudiera encontrarse una persona cuya virtud fuese mayor que la virtud del resto de los demás mortales, y fuera recto y perfecto o consumado en virtudes, sería útil y justo que ese único hombre administrara la república con suprema autoridad”. En caso contrario, amigos, más nos valdrá aceptar que todo buen gobierno es precario.

Si el legislador es imperfecto, mal podrá ser su voluntad una fuente legítima de poder. Todos nuestros grandes teólogos, desde Vitoria a Suárez, defendieron este principio antiabsolutista. Por esto el Defensio fidei de Suárez fue arrojado a la hoguera por Jacobo I en Londres mientras en España lo leían respetuosamente los reyes.

Del hecho de que la política sea imprescindible no hay que deducir que debamos poner demasiada confianza en ella. Joaquín Costa comenta así en su Crisis política de España el De legibus de Fray Luis: no hay gobernante “tan sabio y tan bueno que o no se equivoque o no se abstenga de hacer aquello que ve que no es justo; y por eso es imperfecto el gobierno de los pueblos, y los legisladores han fracasado en el intento de hacer buenos a los hombres que es a lo que las leyes van encaminadas”.

“No olvidéis –había advertido Emilio Castelar veinticinco años antes- que la tierra prometida es hermosísima, feraz, abundosa en ríos de miel, cuando se la busca, y cuando se la encuentra, árida, pedregosa, estéril como toda realidad”. La tierra prometida de Castelar fue la Primera república.

¿Pero no somos buenos porque carecemos de buenas leyes o lo que ocurre es que no hay leyes capaces de domar nuestros deseos? Platón nos anima a buscar la respuesta en nuestros sueños, “cuando la parte más salvaje del alma se siente liberada del sentido de la vergüenza y la prudencia.” Tan pasmado se quedó Freud al leer esto, que dedujo que hay tres cosas imposibles para el hombre: el buen gobierno, la buena educación y la buena salud anímica.

No me apetece darle la razón a Freud en vísperas de Navidad, pero no me siento capaz de descartar la posibilidad de que las buenas personas sean las que se contentan con soñar privadamente lo que los díscolos y desabridos públicamente hacen.

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