Carlos Javier González Serrano

En defensa de la Ética: contra la mediocridad

«Seamos claros: sin la ética, el pensamiento de la juventud quedará expuesto a la intemperie y al hostigamiento constante»

Opinión

En defensa de la Ética: contra la mediocridad
Foto: Francisco Seco| AP
Carlos Javier González Serrano

Carlos Javier González Serrano

Filósofo, profesor y director editorial

Quienes nos dedicamos a la enseñanza y, en particular, al fomento del estudio de la filosofía y las humanidades, observamos con enorme asombro –y gran decepción– cómo el proyecto de la nueva ley de educación (LOMLOE) no ratifica el acuerdo al que, hace algunos años, se llegó por parte de diversas fuerzas políticas (entre ellas, la que ahora rige el Gobierno) para mantener la Ética en el itinerario de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO). Si este sendero ya iniciado sigue su curso y la ley acaba por tramitarse, el alumnado que se decante por la Formación Profesional (FP) o que abandone la ESO al concluir estos estudios preceptivos no habrá leído jamás –al menos en el ámbito del colegio o del instituto– una línea de Platón, Aristóteles, Kant, Hannah Arendt, Simone Weil o María Zambrano. O lo que es peor: ni siquiera sabrán quiénes son. Flaco favor para la educación y la enseñanza en su conjunto. Pero, sobre todo, flaco favor para el bagaje crítico e intelectual de nuestras futuras generaciones.

Más que nunca, en tiempos de redes sociales, tecnocracia, intromisión constante en nuestra privacidad y bombardeo incesante de noticias, resulta indispensable que alumnos y alumnas de la ESO cuenten con una asignatura (enjundiosa en número de horas, es decir, un mínimo de dos semanales) que les invite a cuestionar su modo de vida y a pensar sobre aquellas convicciones que nos dan, a cada minuto, ya masticadas. El ejercicio de la ética en la ESO no responde a adoctrinamiento o interés alguno; más bien los combate, y su flagrante falta puede facilitar que el alumnado caiga en facilones y perniciosos dogmatismos y que, precisamente, intereses ajenos al propio conocimiento (económicos, políticos, empresariales) se hagan escuchar antes que lo que debe primar en la enseñanza obligatoria: conocer –y, por parte del profesorado, alimentar la sed por ese conocimiento–.

La enseñanza de la filosofía en la educación obligatoria nunca lo ha tenido fácil. Y ello probablemente porque se trata de una asignatura que no mira con ojos asépticos la realidad, sino que invita a ponerla entre paréntesis para que el alumnado cuente con estrategias y herramientas intelectuales con las que puedan analizar con juicio propio nuestro mundo, cada día más complejo y enrevesado. Al revés, la filosofía siempre se ha preocupado por la necesidad de una enseñanza interdisciplinar, en la que la clásica –y erróneamente asentada– distinción entre «ciencias» y «letras» acabe por desaparecer en beneficio de un recorrido educativo que apueste por la heterogeneidad y la pluralidad, en correspondencia con la diversidad del contexto mundial que vivimos: a nivel antropológico, social y económico-político. Nuevas formas de vivir implican nuevas formas de enseñar (y de aprender); pero no por ello lo fundamental, lo que sienta las bases de la educación, deja de serlo.

Debemos acostumbrarnos a desterrar el arraigado y estrecho concepto de enseñanza como exclusión de unas materias en beneficio de otras: más que penalizar, hay que incentivar, desde temprano, la vocación del alumnado cuando un joven o una joven se decantan por un itinerario eminentemente artístico o por otro tecnocientífico. Si logramos mostrar, tanto a alumnado como a progenitores, que las distintas vías no son excluyentes, sino convergentes y enriquecedoras, daremos un paso decisivo para alcanzar una educación de excelencia. Sin una ciencia que se piense a sí misma, tendremos una ciencia desacompasada, torpe y, quizá, peligrosa; pero, igualmente, unas humanidades que no cuenten con la tecnología y los avances científicos quedarán huérfanas ante los retos de nuestra contemporaneidad.

En este sentido, y por ejemplo, en otros países europeos (así como en algunas regiones americanas y asiáticas) no existen carreras universitarias, por muy científicas que sean, que no cuenten en su recorrido con asignaturas troncales de humanidades (historia de la filosofía, ética, literatura, historia o historia del arte). La interdisciplinariedad no es un freno, sino un aliciente. El alumnado universitario, por edad y creciente madurez, puede llegar a ser consciente de su carencia educativa en ciertos ámbitos y, por ello, puede intentar complementarla si así lo decide. Pero no ocurre lo mismo en la enseñanza obligatoria, donde tratamos con niños y adolescentes en plena y bulliciosa formación, tanto en lo personal como en lo académico.

La Ética pone a la juventud frente a un insorteable espejo: no es que enseñe a pensar, sino a tener que hacerlo imperativamente. Los estudios de Filosofía en la enseñanza obligatoria son imprescindibles –e insustituibles por otros– por una razón muy sencilla: sin una ciudadanía consciente de sus retos, de las dificultades que enfrenta, nos veremos abocados a generaciones futuras que, rodeadas de todas las comodidades posibles, no sabrán (ni querrán) cuestionar su entorno o conocer cuál fue el origen de esas comodidades que, precisamente, dan por sentadas. Una verdad de Perogrullo que, sin embargo, nos afecta a todos como miembros de una sociedad: el sistema público de pensiones, la sanidad pública o la educación gratuita y universal se sustentan en un modo crítico de haber pensado la realidad, que viene de lejos, y son logros conseguidos gracias a la sana disidencia que ejerce el pensamiento crítico.

Una «crítica» que no debe entenderse como un gratuito juicio o un pueril reproche, sino, al contrario, como un aguijón intelectual esencial para no echar por la borda las conquistas sociales que hemos alcanzado a estas alturas de la historia. Pongamos un ejemplo para tiempos de pandemia, que suele pasarse por alto: cuánto estamos escuchando el análisis exclusivamente científico de la difícil situación que vivimos, y qué poco se practica (y cuánto se excluye) el análisis antropológico, ético y sociológico. El virus no afecta por igual a diferentes capas sociales; puede que consigamos en unos meses la ansiada inmunidad de grupo, pero debemos siempre preguntarnos a qué precio: número insultante de muertes en residencias de ancianos, contagios masivos en los barrios más humildes, colapso del transporte público en horas punta, exposición económica a la que quedan sujetas aquellas personas que han perdido su trabajo y horizonte económico, precarización del sector sanitario y educativo, investigación pobre y cortoplacista en ciencia básica y, por supuesto…, escasa importancia otorgada a las humanidades en un contexto que las pide a gritos.

Sin Ética en la enseñanza obligatoria estamos abocados al servilismo de las generaciones futuras: no porque sean menos inteligentes, sino porque no contarán con los instrumentos intelectuales necesarios para ejercer la crítica, para ejercitar el discernimiento. Y para hacerlo, además, en comunidad. No debemos tener miedo a decirlo: la filosofía, y la ética en particular, nos enfrenta con la noción de deber, con aquellas ficciones (tan reales, tan necesarias) que ya Platón erigiera con tanto esfuerzo durante toda una vida al servicio del conocimiento: verdad, belleza y justicia.

Y no: por supuesto que no es cuestión de romantizar la educación en humanidades, ni mucho menos la de la ética. Seamos claros: sin la ética, el pensamiento de la juventud quedará expuesto a la intemperie y al hostigamiento constante de emporios económicos, partidos políticos e intereses muy plurales que pretenden hacerse con su favor (y su bolsillo), sin que –debido a la contundencia y reiteración de estos estímulos– sean capaces de poner en cuestión a qué se están prestando, y por qué.

No es que la ética sea necesaria para el alumnado; es que, como sociedad, sin una asignatura como la Ética, estaremos constantemente desabrigados frente a la amenaza de perder cuanto de humanidad hemos ganado los humanos. Porque el valor de aquello que valoramos no es un don, sino una conquista. Y se ha alcanzado, justamente, a través del esfuerzo por pensar y pensarnos, como individuos y como sociedad. Sin Ética, el desamparo está garantizado; pero con ella, al menos nos aseguraremos de que, cuando debimos, hicimos todo lo posible.

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