THE OBJECTIVE
Carlos Mayoral

En tiempos de Crash

« Lo que se me ocurre es que esa presión reprobadora ya no la ejercen estamentos políticos ni religiosos, sino un ente indetectable, formado por seres anónimos, de escasa repercusión pública si no es en compañía de la masa»

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En tiempos de Crash

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Se reestrena, veinticinco años después, una de esas obras de culto que permanecen en el imaginario por lo que tuvieron de alterables, de desafiantes, de provocadoras. Hablo de Crash, la célebre película de David Cronenberg, y precisamente por los adjetivos que he utilizado en el renglón previo la pregunta se antoja inevitable: ¿Seríamos capaces de aceptar su estreno hoy en día? ¿Soportaría el escrutinio público ahora que las libertades creativas intuyen el ocaso? Cabe pensar que, a tenor de las últimas tendencias, esas que pretenden borrar todo rastro de lo, digamos, poco afín a la escala moral dominante en el arte previo, no aceptarían el visionado de semejante desfile parafílico. Probablemente clamarían por su retirada de la plataforma de turno, mirarían con ojos afilados al público hedonista y libertino. Los tiempos están cambiando, que cantaría Dylan, y pronto calará en los huesos de creadores y críticos.


Para quien no conozca o no haya visto el filme, dicho con trazo grueso es la historia de un hombre que, tras un desgraciado accidente de coche, descubre que el trance angustioso y fatal del siniestro le excita sexualmente. Tras este descubrimiento, se desata un torrente de parafilias que terminaron, ya entonces, por escandalizar al personal. En Cannes, la película fue abucheada; en Inglaterra, prohibida en salas del West End; en Estados Unidos, su estreno se dilató un año en el tiempo por presiones políticas y religiosas. Es decir, ya entonces sufrió la censura tácita, que no tiene que ver tanto con la prohibición del visionado, cuanto con el rechazo intrínseco de una sociedad que cada día se acerca más al viejo puritanismo. Visto ese rechazo, me preguntaba: ¿qué es lo que hoy en día convierte ese escándalo que desprende la película en un maremoto imparable?

Lo que se me ocurre es que esa presión reprobadora ya no la ejercen estamentos políticos ni religiosos, sino un ente indetectable, formado por seres anónimos, de escasa repercusión pública si no es en compañía de la masa. Este magma formado por personajes amarrados a un móvil, quién lo iba a decir en los noventa, tiene ahora más capacidad represora que la reina de Inglaterra o el senador de los Estados Unidos, primeros censores de la película que aquí nos reúne. Dicho de manera meridiana, en tiempos de Crash, pese a que probablemente el argumento despertase rechazos similares, sus críticos no contaban con la cacareada universalización que trajo consigo internet. Esta democratización de la opinión corre en contra de aquellos que disfrutan con una mera obra de arte, estableciendo límites evidentes con la vida real. Siempre hubo puritanos que señalaban con el dedo en la plaza del pueblo o en la parroquia de la esquina a aquellos que gozaban con un poema de Baudelaire o el libertinaje en el trópico de Henry Miller. Hoy, sin embargo, son expuestos en redes al escarnio público, manchan para siempre su currículum en LinkedIn, comprometen su futuro y los sobreexponen en redes. Mucho me temo que el Cronenberg del futuro cambiará el objetivo de la cámara por triste autocensura.

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