Gregorio Luri

Entre Ávila y Sócrates

«¿Son nuestros dioses los que nos dicen qué es lo bueno o es lo bueno lo que impone a los dioses lo que tienen que decir?»

Opinión

Entre Ávila y Sócrates
Foto: | Wikicommons
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

A mi edad, lo que más me gusta de conducir es parar, andar huroneando por los pueblos del camino en busca de lo inesperado, pero si hago lo que me gusta, no llego nunca a mi destino, así que conducir se ha convertido para mí en una guerra civil entre la voluntad y el deseo.

Tuve un tío que cuando su mujer, con sobradas razones, lo echó de casa, decidió vestirse de peregrino y ponerse camino de Santiago, pero al llegar a la ermita de San Gregorio, en la Rúa Vieja de Logroño, descubrió que si llegaba pronto a Compostela su vida se quedaría sin destino y torció para Sevilla. Descubrió que a veces, en la vida, la verdad es curva.

El caso es que, cuando la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno me invitó a participar en su curso de verano Young Civic Leaders, no dudé en aceptar la invitación, a pesar de que Ávila, la ciudad que alberga el curso, está a 742 kilómetros de mi casa y el insidioso coranovirus me forzaba a viajar en coche.

¿Saben ustedes qué lujazo es hacer de profesor ante un grupo de universitarios con ganas de aprender? Esta fundación no ofrece a los jóvenes ningún reconocimiento con el que puedan adornar su CV. Aquí vienen a currar intelectualmente. Yo les invité a leerse detenidamente la Apología y el Critón de Platón para darnos posteriormente un festín intelectual descubriendo las razones de la difícil convivencia entre la filosofía y la política.

Si Sócrates llamara ahora mismo a la puerta de nuestras casas, se quedaría pasmado ante la marabunta de nuestras prótesis tecnológicas, pero si, una vez repuesto del susto, se sentara a nuestro lado para hablar de ética y política, descubriríamos inmediatamente que tendría muchas objeciones que plantear a nuestras convicciones.

Por ejemplo: ¿Son nuestros dioses los que nos dicen qué es lo bueno o es lo bueno lo que impone a los dioses lo que tienen que decir? Si creemos lo primero, estamos siendo fieles a los dioses de nuestra ciudad y, si creemos lo segundo, estamos abriendo la puerta a la introducción de divinidades nuevas y a la corrupción de los jóvenes. Lo primero es lo que creen, por ejemplo, musulmanes y judíos; lo segundo, lo que creemos los nietos de los cristianos. Musulmanes y judíos saben lo que hay que creer, los poscristianos andamos buscando argumentos universales que nos permitan sustentar la civilización en contra del canibalismo. Los primeros, saben lo que quieren decir cuando dicen “nosotros”; los segundos entendemos por nosotros un humanismo abstracto. Los primeros saben quién es su dios y cuál es su ley; los segundos nos preguntamos qué es un dios y qué es la ley. Los primeros tienen a los hombres de coraje vigilando sus fronteras; los segundos, los tenemos impugnando el logofalocentrismo en las universidades. Los primeros le dicen a la gente que sus prejuicios son correctos; los segundos, la animan a desalienarse injertándose textículos de Foucault.

Entre la Apología y el Critón hay un silencio clamoroso: el del mes que pasó Sócrates en la cárcel esperando la ejecución de su sentencia de muerte. Ningún socrático nos dice nada sobre este paréntesis, pero sí sabemos que si la Apología representa el enfrentamiento entre el individuo y la ciudad que da origen a las filosofías terapéuticas individualistas del helenismo, el Critón es el reconocimiento de que no somos nosotros los que hacemos las leyes, sino las leyes las que nos hacen a nosotros. El Critón es la auténtica defensa de Sócrates. Ninguno de los jueces que, al juzgarlo, patalearon su desacuerdo con él hasta nueve veces, hubiera disentido de ninguna de sus palabras en este diálogo. El Critón es la buena defensa de Sócrates en el sitio equivocado. Equivocado para él, claro está; porque a nosotros nos permite entender por qué la ciudad es la caverna y que no hay un más allá de la caverna donde se pueda hacer política a base de silogismos.

A la vuelta me detuve en Burgo de Osma y redescubrí lo que éramos capaces de construir cuando sabíamos quiénes éramos.

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