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Cristina Casabón

Todo es problemático

«La polarización y radicalización que se han exacerbado en los últimos años han creado un debate social en el que las declaraciones racionales y comunes tienen dificultades para posicionarse en el debate público»

Opinión

Todo es problemático
Ronen Zvulun Reuters

A menudo se dice que la facultad del razonamiento fue descubierta en la antigua Grecia y fue elevado a un estado casi divino al comienzo del período moderno en Europa. Pero este florecimiento siempre ha convivido con erupciones de irracionalidad. Pankaj Mishra ha argumentado recientemente que la reacción contra la Ilustración comienza, de hecho, dentro del mundo francófono, que el primer pensador occidental moderno en construir su teoría sobre el rechazo de la racionalidad universalista no fue otro que Rousseau. El pensador ginebrino anticipó el triunfo de Trump, o al menos el trumpismo, explica Mishra en The New Yorker.

Si Rousseau parece ser un referente de la revuelta irracional que reconfigura nuestra vida política y nuestro debate público es porque estamos presenciando un momento de extrema irracionalidad, de fervor y entusiasmo, de emotividad y moralismo. Asistimos al colapso de las salvaguardas tradicionales y los mecanismos para el debate racional, que ha sido sustituido por uno de tipo emocional inclusive en ámbitos muy técnicos. Es la edad de oro de los gurús que saben articular discursos emotivos. Paralelamente nos encontramos en un punto critico del debate sobre el lugar y el precio de la libertad de expresión; la irracionalidad se expresa en forma de censura o en forma de ataque sentimental contra enemigos imaginarios.

Justin E. Smith, en Irrationality: A History of the Dark Side of Reason expone la tesis de que cualquier triunfo de la razón es temporal y reversible y cualquier esfuerzo utópico de construcción de una sociedad libre ha de convivir con estallidos de irracionalidad. Para Smith, el deseo de imponer la racionalidad, hacer que las personas o la sociedad sean más racionales, por lo general, muta en estallidos de irracionalidad. O desencadena el irracionalismo romántico como reacción, o conduce hacia liderazgos populistas (trumpismo, putinismo) o degenera en un populismo que fragmenta a nuestras sociedades en grupos que buscan el refuerzo constante de la identidad. Todavía estamos intentando comprender estos movimientos que parecen no tener precedentes en su nebulosidad ideológica, pero que también parecen anticipar el fin, o al menos el peligro de erosión de las democracias liberales.

En este contexto social, como dice The Economist, “desencantados con la objetividad del debate racional, algunos periodistas se han apoyado en un nuevo ideal: la claridad moral”. Valores como la empatía, nada objetivos, que pretenden instruir a un lector justo, perfecto y santo han transformado a algunos medios de referencia en voceros y referentes de grupos identitarios. Las divisiones sociales obedecen a una creciente polarización emocional entre actores que se posicionan en base a la empatía, abandonando los aspectos más técnicos (con la excepción, quizás, de los expertos). La censura que niega la posibilidad del debate racional con matices y lecturas, o las falsas dicotomías que animan a muchos a posicionarse en torno a debates fantasma o falsos problemas son algunas expresiones de irracionalidad. Queremos hacer valer nuestra posición con la ayuda de nuestras pasiones, nuestra imaginación y cualquier otro recurso emocional para dar forma al debate y a las agendas políticas.

El antiintelectualismo o el dogmatismo son dos de las facetas de esta cosmovisión identitaria. Las “fobias” del colectivismo identitario en redes conforman debates irracionales, que pueden llevar a grupos identitarios a justificar comportamientos como el linchamiento o la censura. Es una señal peligrosa cada vez que un movimiento o grupo político prescinde de métodos y enfoques racionales para debatir, más si se vuelven abiertamente hostiles hacia quienes no opinan de la misma forma. El antiintelectualismo (y por extensión, la irracionalidad) es una de las características de un culto o una ideología totalitaria; autores como Adorno y Horkheimer ya analizaron el fascismo como lo opuesto a la dialéctica de la Ilustración.

La polarización y radicalización que se han exacerbado en los últimos años han creado un debate social en el que las declaraciones racionales y comunes tienen dificultades para posicionarse en el debate público. La preocupación por la identidad hace que nos mantengamos dentro de los límites cada vez más reducidos de nuestras estrechas identidades públicas, y respondamos a estímulos externos de forma emocional. No nos extrañemos si en este contexto la izquierda y la derecha populista, o los nacionalistas nos venden vapores políticos, mensajes cada vez más irracionales o nos prometen una utopía totalitaria en pleno siglo XXI. Es el lento colapso que genera una sociedad tribal no muy alejada de los clanes que vivían en las estepas, en la que se nos invita a ser ciudadanos emocionales motivados por un egoísmo pasivo, pseudociéntíficos que gruñen mientras escarban en las redes sociales buscando reforzar su sentimiento de identidad.

T.A. Eady las explica las dinámicas de los grupos identitarios en un artículo inquietante en el que cuenta su experiencia como activista queer: dogmatismo, pensamiento grupal, mentalidad de cruzado y antiintelectualismo son sus características principales. “El antiintelectualismo fue la única faceta de esta cosmovisión que nunca pude soportar completamente. Era dogmático, caí presa del pensamiento grupal y tenía una mentalidad cruzada, pero nunca fui completamente antiintelectual”. Por intelectualidad, Eady entiende la búsqueda del conocimiento mediante un debate argumentado y racional. La mitad de los debates que hoy vemos en el espacio público son guerras de posiciones identitarias y sociedades fuertemente polarizadas responden a estas dinámicas. La democracia liberal muda su piel, y lo que emerge se identifica de diversas maneras con un identi

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