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Español de pura bestia

"Las élites que instilan en los ciudadanos el tósigo del victimismo y la psicosis nacional no son menos irresponsables de lo que a cuento del 98 lo fueron sus predecesoras"

Foto: Carola Melguizo | The Objective

Escribe Santos Juliá en Demasiados retrocesos (Galaxia Gutenberg): "La historia de la transición a la democracia y de su consolidación pudo narrarse como un logro, bien lejos del fracaso que habían heredado como una fatal herencia los españoles nacidos poco antes o poco después de la Guerra Civil, los hijos de la guerra como fueron llamados: no más retrocesos, no más pronunciamientos, no más golpes de Estado, no más rebeliones ni cruzadas, no más caudillos, en nombre de la patria o de la religión. No más España como excepción" (p. 351).

Curioso es que al socaire de la Gran Recesión volviese con tanta fuerza la retórica de la excepcionalidad española. Con el país al borde de la intervención, la burbuja económica pinchada y una sensación generalizada de "fin de fiesta", en expresión de los periodistas, con el paro por las nubes y un Gobierno débil, volvió a cundir la especie de que este país era un fracaso. En el ínterin, una ingente literatura del desastre, heredera no tanto del regeneracionismo de fines del XIX como del rancio Kulturpessimismus, llenó las librerías.

Entre los miembros de mi generación, nacidos tras una década en democracia, percibí dos posturas mayoritarias: por un lado, la de quienes, armados de un notable adanismo, buscaban retirar el telón de una democracia de cartón-piedra a golpe de asambleísmo y acabar, como por ensalmo, con la corrupción, el clientelismo y todos aquellos males que exhibía el país de arriba abajo, desde la Casa Real a los sindicatos pasando por las cajas de ahorro; por otro lado, la de quienes se sentían gallina en corral ajeno en medio de una retórica, la del desastre, que les resultaba por completo ajena, como si de repente hubieran de moverse entre las abscisas y ordenadas de viejas querellas y posicionarse con los krausistas o con los reaccionarios, con los carlistas o con los isabelinos, con los castizos o con los ilustrados. Lances tardíos que siempre son baldíos.

Sea como fuere, ocho años después del 15-M las cosas han cambiado. Muchos de los que entonces blandían la bandera de la democracia real contra un régimen que no les representaba reconocen hoy las bondades del 78 y vindican los valores de la transición. Burla burlando, todo hijo de vecino se aviene a reconocer que en este país, que dispone de un notable sistema de atención primaria, ostenta el liderazgo de donación de órganos desde hace tres décadas y manifiesta mayor tolerancia hacia el colectivo LGTBI que ningún otro, se vive razonablemente bien. Empero, no son pequeños los problemas que siguen sin resolverse: el Estado del bienestar se tambalea a medida que la balanza entre activos e inactivos se desequilibra, gran parte de las mujeres que querrían ser madres no pueden permitírselo y los jóvenes, prisioneros de la precariedad y la temporalidad, son incapaces de emanciparse. Así y todo, convenimos en la necesidad de reformas y soluciones prácticas; nadie dirá, en principio, que el Ser de España es producto de excepción histórica alguna…

¿Nadie? Recuérdese la extemporánea ofrenda a los políticos presos en un acto en Mauthausen el pasado mayo o el reciente ninguneo a los brigadistas de La Nueve en su 75 aniversario: los últimos mojones de un camino a Ítaca, por usar la expresión de Artur Mas, jalonado por una suerte de performances antifascistas que, para tener algún sentido, han de mantener vivo el fantasma de Francoland. Supongo que, sin unas cuantas cucharadas de azúcar, algunos tragos se volverían muy amargos.

Con todo, la mejor forma de combatir una quimera no es inventarse otra. Imítese al embajador americano que ofreció una latita de aceite al fantasma de Canterville para que engrasase sus cadenas: si quiere salir por la noche a hacer su pantomima, adelante, pero no haga ruido. Cierto es que, abiertas las calderas de la hispanofobia, la grosería puede resultar abrasiva, pero siempre puede hacerse uso del impulso de quien ataca, como prescriben las artes marciales, y adoptar una suerte de estrategia queer. No hay, en verdad, mayor muestra de poderosa indiferencia que aceptar de buen grado el insulto que otro nos cuelga. ¿"Bestias inmundas", "bestias con forma humana"? ¡No tanto! Acarícienos el lomo y verá que somos mansos.

Flaco favor hacen a su país quienes se pierden entre abstracciones y ectoplasmas: la búsqueda de esencias es una tarea ímproba que solo mueve a la melancolía. Las élites que instilan en los ciudadanos el tósigo del victimismo y la psicosis nacional no son menos irresponsables de lo que a cuento del 98 lo fueron sus predecesoras. Sepúltense bajo siete sellos las leyendas negras y rosas porque, al cabo, el sueño identitario produce monstruos.

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