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Fidel Castro, el accidental referente comunista

El Fidel Castro al que hoy el mundo despide –con aplausos o con llantos– es consecuencia, sobre todo, de tres cosas: de un liderazgo natural incuestionable, de un contexto regional mísero y autoritario propicio a estallidos sociales, y de una política exterior norteamericana nefasta en América Latina desde la Doctrina Monroe y, por supuesto, en el contexto de la guerra fría. Poco que añadir a la primera condición. Sí a las otras dos.

La miseria y la desigualdad, unidas al militarismo autoritario y violento a las órdenes de los intereses de las grandes empresas estadounidenses en la región (con la icónica United Fruit Company a la cabeza), generaron el caldo de cultivo del que nacieron las revoluciones latinoamericanas. Sus líderes y, sobre todo, su legitimidad inicial. Fidel Castro estaba en Bogotá en 1948 cuando fue asesinado el caudillo liberal Jorge Elíecer Gaitán, hecho que provocaría disturbios inmediatos conocidos como ‘El Bogotazo’, y años de muerte y represión que inauguraron el periodo de ‘La Violencia’. El Che Guevara estaba en Guatemala en 1954 cuando el presidente democrático Jacobo Arbenz fue derrocado por un golpe militar auspiciado por la United Fruit Company y Estados Unidos tras un tímido intento de reforma agraria. Ambos líderes se convencieron tras estos hechos de que la superpotencia del norte jamás permitiría un desarrollo democrático normal en el subcontinente. La lucha armada y revolucionaria, la guerra de liberación nacional, era la única alternativa.

Lucha armada que no estaba aún adscrita al contexto global de la guerra fría, sino al continental americano en el que las clases populares luchaban por liberarse de su élite poscolonial y, en última instancia, de Estados Unidos. Por eso, las reivindicaciones fueron al principio nacionalistas. Sus referentes eran Martí o Sandino, no Lenin o Mao. De hecho, aún a principios de los 60, Castro aseguraba en Estados Unidos ser un líder cubano no adscrito al enemigo ruso de ninguna forma. Entraron aquí en escena los hermanos Dulles (Allan, director de la CIA; y John Foster, secretario de Estado de Eisenhower en los 50) y los intereses económicos de las mencionadas empresas norteamericanas, que veían amenazada su posición feudal en el subcontinente vasallo.

La postrera y fallida invasión de Bahía Cochinos de 1961 (con un JFK recién llegado y con poco mando en plaza) fue la última bala de la Doctrina Monroe, y la que convenció (o la que le dio la excusa, quién sabe) a Fidel de que no sólo la democracia social no era posible sino que tampoco la soberanía plena se podía ejercer con normalidad. Castro salió al mundo y se abrazó entonces, como un mal que él decía menor y pasajero, a lo único que tenía: el oso soviético. Abrazo matizado con un internacionalismo en el Tercer Mundo que lo diferenciaba de su valedor en el concierto relativamente estable de las dos potencias de la guerra fría.

Fidel es un producto típicamente americano, accidentalmente comunista y global por la guerra fría, pero que sólo en un contexto regional de miseria y élites clasistas y violentas puede entenderse y, en última instancia justificarse o condenarse con pleno conocimiento de causa. Quizá esto explica que en América Latina aún sea popular en muchos sectores, mientras que en Europa y Estados Unidos haya un relativo consenso en la condena a su dictadura.

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