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Fiestas y fiestas

El consejo de Gobierno de la Junta de Castilla y León se ha mojado en el asunto del Toro de la Vega, la fiesta que por septiembre se celebra y que genera imágenes de apoyo entre sus partidarios y repulsa entre sus detractores. Dicen que el festejo es una tradición de siglos, pero, a estas alturas, dudamos de si la tradición está en esa conocida persecución al toro o en las grabaciones que nos ilustran desde el telediario, ofrecidas todos los años cuando llega el veranillo de san Miguel. En el maremágnum de agresividades y luchas, no se sabe muy bien qué corresponde a quién; si aquí hay que prestarle atención a los salvajes que lancean al animal o a los animales enfurecidos que defienden lo indefendible mientras un coro de activistas tratan de frenar este episodio. Cuánta tensión verbal entre todos. Cuánto se agradece que el gobierno del Pepé haya puesto el cartel de liquidación en los escaparates del despropósito.

Los conflictos suelen suministrarnos soluciones entrañables, como la que en Castilla y León ha sucedido: un gobierno de conservadores y un partido de animalistas que arrían la diferencia para mostrar el acuerdo. Y todos tan contentos. ¿Tan difícil es? Pues en otras atmósferas, distantes, muy distantes, hay quien no entrega la cuchara en quebraderos de cabeza tan elementales como el presupuesto de la nueva campaña electoral.

El único inconveniente que le vemos a esta moderada solución es que confundamos fiestas y fiestas y cojamos al toro, demasiado, por los cuernos –eso sí que es nuestro, lo de ser más papistas que el Papa-. Hablamos de la tauromaquia, tan llena, también, de personas deseosas de su prohibición. Porque no es lo mismo acribillar a lanzazos a un toro que lidiarlo. Es una cuestión estética. Al igual que no es lo mismo la gastronomía que el canibalismo.

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