THE OBJECTIVE
Óscar Monsalvo

Venezuela y el precio de la utopía

En España se habla de Venezuela, y se habla demasiado, según los socialdemócratas nórdicos de última generación. En 2003 un grupo de actores leyó un comunicado sobre la Guerra de Irak. En un momento del texto se aludía a la multiplicación de las guerras abiertas del nuevo orden mundial (querían decir Estados Unidos e Israel) contra los pueblos, «muy particularmente en el continente americano y, en concreto y en estos mismos momentos, contra la experiencia democrática venezolana y otros países».

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Venezuela y el precio de la utopía

En España se habla de Venezuela, y se habla demasiado, según los socialdemócratas nórdicos de última generación. En 2003 un grupo de actores leyó un comunicado sobre la Guerra de Irak. En un momento del texto se aludía a la multiplicación de las guerras abiertas del nuevo orden mundial (querían decir Estados Unidos e Israel) contra los pueblos, «muy particularmente en el continente americano y, en concreto y en estos mismos momentos, contra la experiencia democrática venezolana y otros países».

Durante años, en España se habló mucho de Venezuela. Se ponía como ejemplo de un nuevo tipo de socialismo y se ensalzaban sus logros. El régimen de Chávez había sustituido a la Cuba castrista igual que Cuba sustituyó a la URSS. Algunos académicos estudiaron y participaron en ese experimento democrático, y volvieron para hacernos partícipes del hallazgo.

Pero pasó el tiempo y esa experiencia democrática dejó un país en ruinas. El socialismo produjo inflación, desabastecimiento y colas para conseguir productos básicos. Uno de esos académicos entregados convirtió los síntomas en logros: había colas porque a los venezolanos les sobraba el dinero.

Estos discursos alucinados son la única salida al gran problema de las utopías, que es el contraste con la realidad. Ni ellas ni sus defensores superan el trauma. La realidad se impone sin diálogo y con contundencia, como el fascismo. Y como los académicos utópicos son antifascistas, se empeñan en acabar con ella. Por una parte, se construye una realidad alternativa. El culpable de los males económicos es la guerra, abierta o secreta. O el imperialismo. O el bloqueo. Nunca las medidas adoptadas. Por otra parte, debido a que esa realidad alternativa sólo puede ser percibida por el ‘hombre nuevo’ del futuro, se intenta destruir el propio concepto de realidad. Tú, burgués, ves desesperación; yo, socialdemócrata bolivariano, veo una prosperidad no alineada. Y ninguna visión es más real que la otra.

En cualquier caso, ésta es sólo la ruina económica. Hay una ruina aún peor: la institucional. La utopía exige un precio muy alto. Para alcanzar la cima de la miseria económica hay que derribar los principios más elementales de los sistemas democráticos. La separación de poderes, el respeto a la ley e incluso el respeto a uno mismo.

Y por eso se habla de Venezuela. Porque los académicos que juguetearon con la experiencia democrática venezolana se convirtieron en una fuerza política que pretende gobernar España. Porque esos académicos se indignan por la llamada Ley Mordaza mientras justifican los 14 años de condena a Leopoldo López. Y porque hay más de cinco millones de españoles dispuestos a que paguemos el precio de la utopía.

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