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Flint o por qué las instituciones importan

En sus buenos tiempos, Flint fue reconocida internacionalmente como la Vehicle City en el Rust Belt, el pujante “cinturón del óxido” estadounidense. Allí, a principios del siglo XX, se había fundado la General Motors y, a lo largo de las décadas posteriores, en sus factorías se fabricaron millares de coches, especialmente modelos de Buick y Chevrolet, para reafirmación del orgullo local. En la década de los sesenta, la población llegó a alcanzar su máximo histórico con casi 200.000 habitantes. Su renta per cápita era entonces una de las mayores de los Estados Unidos. Sin embargo, pocos años después, su población sufrió con dureza los efectos de la reconversión con el avance de la automatización, la subcontratación y la deslocalización industrial. El desmantelamiento de las fábricas sumió en una profunda crisis a esta localidad del estado de Michigan de la que aún no ha logrado salir. Como cantaban los Old 97’s, “están derribando el complejo Buick City y creo que somos las únicas personas que quedan en toda la ciudad”.

Poco de aquella edad dorada se mantiene en pie más allá del arco metálico que quiere preservar la memoria de la “ciudad del automóvil”. Flint, que lidera habitualmente las listas de paro y pobreza norteamericana, es considerado uno de los lugares más peligrosos de todo el país. De hecho, la tasa municipal de crimen les ha colocado entre las diez ciudades más violentas. Por poner los datos sobre la mesa, según el FBI en 2016 se cometieron 45 homicidios, 96 violaciones, 249 robos y 1.155 agresiones. Y lo que es más grave, de los casos de homicidio solamente se resuelve el 17% de los casos. Como aseguran muchos de sus habitantes, “la única cosa que trabaja contra nosotros es nuestro nombre”. Porque la espiral autodestructiva de Flint es creciente: desempleo, despoblación, pobreza, violencia, racismo, incompetencia política y escasez de medios policiales. La realidad ha enviado por el desagüe de la historia el mito del American way of life.

En la campaña electoral de 2016, Donald Trump utilizó el hartazgo local para lanzar uno de sus múltiples mensajes ofensivos: “antes los coches se hacían en Flint y no podías beber agua en México. Ahora los coches se hacen en México y no puedes beber agua en Flint”. Y es que a la crisis estructural y económica de Flint, empeorada por la recensión iniciada en 2008, se sumó la contaminación de su red de aguas. La noticia saltó a las portadas a finales de 2015. Un tercio de los habitantes, entre ellos muchos niños y adolescentes, presentaban altos niveles de plomo en la sangre con sus consecuentes problemas de salud. Era el segundo estado de emergencia por el que atravesaba la ciudad en menos de una década. El desastre era consecuencia de una decisión política insensata. En 2014, el alcalde de la ciudad había decidido sustituir el suministro del agua para recortar costes sin ningún tipo de estudio que comprobara la seguridad del cambio. Durante un año y medio, toda la población estuvo expuesta al plomo, mientras las autoridades miraban hacia otro lado. El resultado de esta nefasta actuación gubernamental fue de 15 muertes atribuibles directamente a la contaminación. Hoy Flint es una sociedad conmocionada que se siente traicionada y abandonada por su propio gobierno.

El periodista Gordon Young escribió antes de la crisis del agua Teardown: Memoir of a Vanishing City (University of California Press), una detallada descripción de una ciudad que iba desvaneciéndose. Pero, a pesar de todas las malas evidencias estadísticas, no era un recorrido pesimista porque creía que son las personas, y no la economía o la política, las que definen las comunidades. Young consideraba que había destellos de esperanza en sus calles. Como se puede comprender, la catástrofe sanitaria fue un golpe bajo para su confianza optimista. Porque la política y la economía siguen siendo esenciales para comprender la caótica situación de Flint. Después de conocerse la contaminación, el propio Young insinuaba que la escalada de solidaridad y preocupación llegaba con décadas de retraso. Las instituciones públicas deberían tener la capacidad para adaptarse a los diversos contextos y no sentirse determinadas por las circunstancias históricas. Sin embargo, habitualmente gastamos más tiempo en reforzarlas que en controlarlas o auditarlas. Y, de paso, se multiplican así los incentivos perversos que amplifican las dificultades.

En esta pequeña localidad de Michigan las administraciones se han acostumbrado a hacer equilibrios presupuestarios cortoplacistas, sepultar los problemas estructurales y barrer la mugre debajo del felpudo durante más de treinta años. Flint podría ser cualquier ciudad del mundo porque todo lo sólido se puede desvanecer en el aire. Nuestros problemas son específicos, pero los retos que nos desafían son globales. Parafraseando a Avishai Margalit, el mundo necesita instituciones decentes que no humillen a sus ciudadanos porque estos nunca deberían ser los medios para hacer realidad los intereses particulares de los responsables públicos. Y en este contexto de creciente desconfianza política las personas también están obligadas a custodiar las instituciones que nos proporcionamos. En definitiva, Flint nos recuerda que las instituciones importan y que no hay recetas mágico-demagógicas para solventar una crisis.

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