Julio Tovar

El generalísimo Franco está todavía vivo

Porque hubo tantos Francos como etapas del siglo en que le tocó vivir: estaba el militar raso, superviviente heroico y jüngeriano de la guerra de África

Opinión

El generalísimo Franco está todavía vivo
Julio Tovar

Julio Tovar

Licenciado en Historia y Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid, ha trabajado y colaborado en Jot Down, Cine 2000, eldiario.es, ABC o El Mundo.

El 22 de noviembre de 1975 un presentador anunció a los televidentes estadounidenses el fallecimiento de Francisco Franco de esta manera:

“Luego de una larga enfermedad, el generalísimo Francisco Franco murió el miércoles. Las reacciones de los líderes mundiales han sido variadas: algunos lo celebraban con desprecio como el último de los dictadores fascistas en occidente, mientras fue elogiado por otros. Entre ellos estaba Richard Nixon, quien dijo: `El General Franco es un amigo y aliado leal de los Estados Unidos´”.

La declaración de Nixon, figura defenestrada el año anterior por el caso Watergate, se acompañaba de una imagen arriba a la derecha de Franco con Hitler en su encuentro en Hendaya (1940). El espectador despistado podría dudar del carácter cómico del locutor, pero esa contraposición entre imagen y parlamento era definitiva: nos encontrábamos con el todavía debutante Chevy Chase en la primera y legendaria temporada de Saturday Night Live, programa ahora consagrado que daba sus primeros y dubitativos pasos en la NBC. El gag recurrente, luego de esa primera aparición, fue decir que Franco “estaba muerto” pero a la vez incidir en cómo mejoraba o empeoraba su salud. La diplomacia española, más preocupada por el futuro con el Rey Juan Carlos, no pudo impedir que la coletilla “Generalissimo Francisco Franco is still dead” fuera repetida una y otra vez en el programa hasta el año 1977, entrando en el imaginario pop americano.

Resulta sorprendente cómo los guionistas de SNL parodiaron con certeza una agonía prolongada que, a decir de la cargada biografía de Paul Preston, fue dilatada por el “entorno de El Pardo” debido a intereses políticos. Con todo, donde Chevy Chase y los suyos fueron clarividentes fue en el carácter poliédrico, propio de los grandes mentirosos, de un dictador llamado a ser salvador por unos y tirano por otros. ¿Quién estaría, entonces, debajo de la losa del valle de los caídos?

En la cuerda floja

Si existe una imagen que simbolice, que resuma, la trayectoria de Franco no podría ser otra que aquella que lo presenta como un equilibrista en la revista Time el 18 de marzo de 1946. Aquella portada, donde el generalísimo está a punto de caer el vacío, resume la práctica política de un hombre ladino que se permitió pasar de un lado a otro del siglo sin precipitarse al vacío.  Existe algo del Joseph Fouché de Stefan Zweig en este malabarista que conocía antes que nadie la divisa acuñada por Napoleón para sobrevivir en política: “solo los traidores me han enseñado la verdad”.

Porque hubo tantos Francos como etapas del siglo en que le tocó vivir: estaba el militar raso, superviviente heroico y jüngeriano de la guerra de África (a punto de morir por no pocos balazos rifeños en 1916 en El Biutz), que se convierte en afable cortesano alfonsino. También el general de provincias que aseguraba a Manuel Azaña su lealtad “con una sonrisita” en esos felices días republicanos de agosto de 1931. Incluso existe “Miss Canarias”, según le apodó con cierta gracia el Orson Welles golpista Queipo de Llano, ante sus dudas sobre si debía unirse al 18 de julio. Más aún, aparecía a ojos de su propaganda como caudillo victorioso, escondiendo cuánto debe su posición a las muertes accidentales de Emilio Mola y José Sanjurjo en los primeros años del conflicto. “No me fío de nadie” es la cita que abrevia bien a Franco y su régimen en el libro de conversaciones con su primo carnal Francisco Franco Salgado-Araujo.

Pero sería mezquino ahora olvidar al frío ejecutor de la represión que purgó y condenó al exilio a cientos de miles de españoles. El mismo que respondía a la muerte de un conocido con esa frase pavorosa que hubiera escandalizado al mismo Fouché: “a ese le mataron los nacionales”. Todo este baratillo de estampas finalizó en el crepuscular abuelo entrado en carnes. El mismo que recibía en el palacio del Pardo al alcalde de Benidorm, Pedro Zaragoza Orts -camisa vieja-, para permitir el muy contracultural y sobre todo post-conciliar bikini. A decir de Orts, “oponerse” al bikini solo podía acabar en el “fracaso”. ¿Sería este caudillo pop la última careta que tendría el cuerpo inerte que reposa en el valle?

Detrás de esta eterna fuga del yo, detrás de cada filiación, solo aparecía la ideología que había mamado en las colonias: la supervivencia. La misma que había salvado a un niño ferrolano enclenque de la guerra feroz de África, de las taimadas conspiraciones de palacio en tiempos de Alfonso XIII y de las purgas ideológicas de ese Manuel Azaña que creía tan poco en la alternancia en su República “solo para republicanos”. Franco fue hombre silente, de prestigio militar, nunca se definió hasta la última hora. Un taciturno…

El dictador del 98

El 20 de noviembre de 1931, poco meses después de la proclamación de la II República, Ramón María del Valle-Inclán describía a Francisco Lucientes en El Sol cómo sería el deseado dictador que habría de regenerar España:

“Ha de tener todas las virtudes inherentes a un político universal, sobre todo austeridad, energía, sentido histórico y la virtud del silencio. ¡Tiene que ser un taciturno!”

Es paradójico cómo el gran escritor español del siglo XX profetizó al que habría de ser el cirujano de hierro que “regenerara” el país…a costa de purgar al adversario y destruir, literalmente, toda la vieja tradición liberal de ateneos, tertulias y conspiradores (la cual había mamado Valle tanto como el carlismo). Se ha hablado muy poco, se ha escondido más bien, el carácter anti-democrático de la mayoría de escritores del 98; elemento en el que incidió de manera muy clarividente y polémica José María Marco. Pocas cosas resumen el pensamiento político del grupo que aquel Pío Baroja diciendo “yo juro lo que toque” al poco de acabar la guerra civil. A excepción de Antonio Machado, casi todos sobrevivieron a la conflagración y consiguieron cargos y emolumentos, el sempiterno “turrón” gubernamental, pasada la fiebre falangista. El círculo se cierra al conocer que el escritor favorito del futuro dictador era Valle-Inclán:  Carmen Polo, mujer del general, afirmaba al diario Estampa el 29 de mayo de 1928 que Franco tenía “todas sus obras en la biblioteca”.

¿Había leído Franco Tirano Banderas publicada un año antes? Esa novela llega a prefigurar la práctica de su régimen: “Inmóvil y taciturno, agaritado de perfil en una remota ventana, atento al relevo de guardias en la campa barcina del convento, parece una calavera con antiparras negras y corbatín de clérigo”. La imagen podría corresponder con precisión al Franco avejentado en los años 70, escondido en unas gafas tintas ante las resplandecientes calvas y atildados bigotes de su hinchada rancia. Consciente de su ilegitimidad, intentó armar un régimen trufado de oxímoron que habría vitoreado ese Valle-Inclán surreal y telúrico: “democracia orgánica”, “sindicato vertical” o la orwelliana “25 años de paz”. Con esa astucia endiablada, cualidad luciferina que jamás dejó de tener, todavía tenía el valor de afirmar a Serge Groussard de Le Figaro el 12 de junio de 1958:

“Para todos los españoles y para mí mismo, calificarme de dictador es una puerilidad. Mis prerrogativas, mis atribuciones propias, son mucho menos importantes que las conferidas por la Constitución de los Estados Unidos a su Presidente”. 

Pero, ¿es ese anciano cínico el que reposa en el sepulcro?

La losa del tiempo

En octubre de 1972, según los investigadores José María Caparrós y Magí Crusells, Francisco Franco tuvo la oportunidad de ver El Padrino. No se conocen testimonios de qué le pareció el filme, pero es seguro que apreciaría ese relato de sucesión al que Francis Ford Coppola aportó gravedad hamletiana. Todo se resume en aquella frase de Vito Corleone a su hijo Sonny: “Nunca digas lo que piensas fuera de la familia”. La mentira, en definitiva, fue el método de gobernar de un general que supo, a decir del clásico opúsculo de Étienne de La Boétie, pergeñar ficciones para confundir tanto a sus aliados y enemigos.

Franco sobrevivió a todos porque engañó a todos: a falangistas que lo creían de los suyos, a reaccionarios que rezaban con él y, sobre todo, a demócratas y comunistas que le combatieron como encarnación del mal en lugar de ver su figura como la de un astuto príncipe italiano. Entre tanta mentira, entre tanto cambio de disfraz, de Franco, de su cuerpo en el valle de los caídos, ya no quedaba más que la imagen que todos habían proyectado de él; espejo de las debilidades de cada facción. Para 1975 el autoproclamado “caudillo” había triunfado sobre todos gracias a su muerte en la cama; nuestro Sila fue gris hasta en eso. Su exhumación tardía huele a venganza cobarde de una izquierda que nunca vislumbró esa mentira y aceptación implícita de una derecha que prefiere olvidar su complicidad tácita.

Cuenta nuestro clásico que el “generalito” Banderas salió “a la ventana, blandiendo el puñal, y cayó acribillado”; el general Franco emergió al balcón de la Plaza de Oriente el 1 de octubre de 1975 y fue celebrado por miles. Esa fue nuestra condena: “El generalísimo Franco está todavía vivo”.

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