José Antonio Montano

Gurruchaguear

«En este año y pico de mascarillas no debe de quedar ni una en Málaga a la que yo no le haya gurruchagueado. ¡Soy el Casanova, el don Juan, el Espartaco Santoni del gurruchagueo!»

Opinión

Gurruchaguear
Foto: Jose Antonio Sánchez| Flickr
José Antonio Montano

José Antonio Montano

Más escritor que periodista. Desclasado y centrifugador.

No sé qué voy a hacer ahora con el final de las mascarillas, Montano, me dice un amigo. Me he acostumbrado a gurruchaguear. ¿Qué es eso?, le pregunto. Y su respuesta ocupa este artículo (¡yo me despido aquí!).

Pues nada, aprovechar la servidumbre de la mascarilla para la libertad, es decir, para el libertinaje, naturalmente: las guarradas, ¡el gurruchagueo! ¿Te acuerdas de Gurruchaga, el de la Orquesta Mondragón? ¿Te acuerdas de lo que hacía con la boca, retorciendo los labios, sacando la lengua, lamiendo obscenamente al aire? Era sucio el tío, un pervertido. Solo el histrionismo refrenaba lo cerdo que era, o parecía. Un psicópata. Un depravado. Supongo que empecé a imitarlo por rebeldía. Las primeras veces que nos dejaron salir tras el confinamiento. Yo no tengo perros, ni hijos, así que solo pude pasear cuando se autorizó la excusa deportiva. Me ponía mi chándal y salía. Por supuesto, no hacía deporte. ¡Odio el deporte! ¡Considero degradante el deporte! Pero había que llevar chándal para contentar a la poli. Qué paradoja: si no querías que te molestara la poli, tenías que llevar chándal como un Soprano. Solo si parecías un mafioso, la poli te dejaba en paz. Yo iba humilladísimo por la calle, con mi lamentable chándal, preguntándome en qué había quedado mi rebeldía, con lo que yo he sido. Si aparecía un poli, trotaba un poco. Era una vergüenza. Algo tenía que hacer. Algo «rebelde» tenía que hacer. ¡Algo «punki»! Entonces apareció una tía trotando de verdad, viniendo hacia mí. Cómo estaba. Su «boing boing» era digno de Sabrina. ¿Te acuerdas de aquello? ¿La captación auditiva de la vista? Ella decía «boys boys», pero nosotros oíamos «boing boing»… ¡Nadie oyó «boys boys»! Total, que le hice como cuando Sabrina al televisor. Eran los tiempos de Gurruchaga y me salió desde mi absoluta frustración sexual. La misma, ¿para qué nos vamos a engañar?, de ahora. Es el triste destino de los alfeñiques. Así que me puse a gurruchaguear tras la mascarilla y la tía, lógicamente, ni se enteró. Me sentí bien, Montano, tengo que decirte que me sentí de putísima madre. Y me puse a hacerlo con las demás. Con todas, tío. ¡Con todas! Y así todos los días. En este año y pico de mascarillas no debe de quedar ni una en Málaga a la que yo no le haya gurruchagueado. ¡Soy el Casanova, el don Juan, el Espartaco Santoni del gurruchagueo! Sé que es patético, pero me ha dado vidilla. Esa ha sido, de hecho, mi única vidilla. Lo único que me hacía sentir que yo no era un puto tornillo del sistema. El problema es que lo he automatizado, ya me sale solo, tía con la que me cruzo, gurruchagueo que le hago, y no sé qué va a pasar a partir del 26, cuando haya que quitarse la mascarilla. Bueno, el 26 si puedo aún no me la quito, remolonearé todo lo que pueda…  Pero en algún momento habrá que quitársela, y le voy a gurruchaguear fijo a la primera con la que me cruce. Me va a salir automático y va a ser un cante, Montano. Me zurrará, yo que soy un mierdecilla. Me linchará la masa. Voy a salir hasta en el Telediario…

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