Jon Navascues

Hacia los salvajes

A punta de pistola. Así terminó su viaje. Cualquiera sabe los días que habrá pasado caminando hacia lo desconocido. Si habrá visto las huellas de quienes lo intentaron antes que él. O sus restos.

Opinión

Hacia los salvajes

A punta de pistola. Así terminó su viaje. Cualquiera sabe los días que habrá pasado caminando hacia lo desconocido. Si habrá visto las huellas de quienes lo intentaron antes que él. O sus restos.

A punta de pistola. Así terminó su viaje. Cualquiera sabe los días que habrá pasado caminando hacia lo desconocido. Si habrá visto las huellas de quienes lo intentaron antes que él. O sus restos. Él contra los elementos, que en Texas no son mansos, precisamente. Es el precio de los sueños. El peaje por alcanzar aquello que nunca tuvo. Lo que no conoce. No busca conectar con la naturaleza sino una oportunidad. El viaje de su vida. Puede que a costa de ella.

Por tierra o mar, encajados en los huecos de un utilitario o fiando su suerte al sentido de la orientación. A escondidas en busca de la dignidad. Dejan atrás todo lo conocido a cambio de un hilo de esperanza. En ruta por aspirar a algo con lo que otros ya nacimos. Ponen en juego la vida por mezclarse entre los civilizados, los desarrollados, en un viaje de incierto final.

Hacia un país que opta por dejarles clavados en alambre de espino antes que dejarles pasar. Esos salvajes. El mismo país al que, si lo pisan, darán las gracias tras años en la clandestinidad. Absueltos, al fin, de un delito del que son víctimas. Felices en la patria que les tendió la mano. Inocentes.

Las fronteras cumplen una función estabilizadora, me han contado. Son el derecho para limitar el libre tránsito de personas con tal de mantener el orden de unos pocos. Las puertas del campo. Quitarlas de golpe y porrazo suena a alternativa poco meditada, aunque justa. Algunos se echarán a reír, «es un disparate eso que dices». Ya. Empujar a la gente que busca escapar de la miseria hacia una carrera de obstáculos mortal no sólo suena a barbaridad sádica, sino que lo es. Pero ésa es nuestra alternativa, la única que la humanida conoce. Inhumana. Para echarse a llorar.

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