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El 30 de enero del año 2003 el Wall Street Journal publicó una carta colectiva titulada “United We Stand”. Puede leerse aún en su página web. En esa versión digital del WSJ aparecen los nombres de quienes fueron los primeros líderes políticos en firmarla: siete primeros ministros más el presidente checo Václac Havel. Al poco se adhirieron al texto 18 de los 25 estados que en aquel momento integraban la Unión Europea. La tesis de la carta era clara y contundente: “our goal is to safeguard world peace and security by ensuring that this regime gives up its weapons of mass destruction”. Pero ese mensaje, cuya pretensión directa era presionar al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, no lo firmó Jaques Chirac. Y tampoco lo suscribió Gerhard Schröder.

Rememora José María Aznar en El dilema –el segundo volumen de sus memorias– que él fue el ponente de un texto que luego circuló entre diversas cancillerías. Explica también que la publicación del artículo agudizó las tensiones que se habían instalado ya, a propósito de la cuestión iraquí, entre los socios europeos. Pero las tensiones podían ser una buena oportunidad. Aznar y el uso político de la tensión daría, intuyo, para un buen ensayo. Porque sería explotando esas tensiones, deja entender un Aznar cuya megalomanía geoestratégica es dominante a lo largo de buena parte de su testamento neocon, cuando España podría y debería consolidar su nuevo protagonismo como actor internacional. “No iba a ser fácil”, constata.

Pero ese era el momento de revertir una especie de complejo de inferioridad que, según su concepción de las relaciones diplomáticas, había convertido nuestro país en un secundario permanentemente seguidista. La guerra de Irak era una pieza angular en ese cambio de estrategia. “Tuve la oportunidad y tomé esa decisión”. Caracterizarlo de ambicioso es poco. Porque, al tener en parte la oposición de lo que el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld denominó la Vieja Europa –Francia e Alemania-, la guerra podía tener la virtud de alterar la hegemonía continental: serían los países de la Nueva Europa, que defendían un modelo de liberalización y privatización de su propio sistema, quienes serían los portavoces de Europa gracias a su participación en la guerra.

Esa argumentación se ha desplomado. Gracias al Informe Chilcot reafirmamos que esas armas que justificaban la guerra no existían. Pero lo peor no es que esa intervención militar se fundase sobre una afirmación falsa. Una de las consecuencias más dramáticas de aquella apuesta fatal es que aceleró la disolución de un sistema internacional que pivotaba sobre la alianza occidental. Sin ese sistema Europa, la Nueva y la Vieja, aún se hizo y es mucho más débil en el espeso horizonte de la globalización.

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