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Héroes ayer

Foto: Gogo Lobato | AP

Es ya famoso el vídeo electoral en el que se ve al presidente de Vox, Santiago Abascal, recorriendo a caballo lo que parece algún lugar yermo de Andalucía. Las imágenes formaron parte de la campaña de su partido para las elecciones andaluzas, y, a juzgar por el resultado de 12 diputados decisivos e inesperados, no parece que fuera una mala idea concebir una estrategia que apelara al mito de la Reconquista.

El objetivo era claro: copiar en España esa llamada al hombre fuerte y a la nostalgia de los viejos buenos tiempos que tantos réditos han dado a los Orban, Kaczynski, Le Pen, Salvini o Trump. Casi todos los que han llamado a recuperar el antiguo esplendor perdido de algún lugar han obtenido cierto esplendor electoral. ¿Por qué iba a ser distinto en España? Lo lógico era intentarlo. Y estamos viendo el resultado, también en las encuestas para todo el país.

Nos lamentamos ahora de que España haya dejado de ser una excepción en cuanto a la llegada de una derecha radical fuerte, vacunados como nos creíamos tras 40 años de franquismo, a diferencia de una Europa más rica que ya habría olvidado sus experiencias con un fascismo más temprano. Han aparecido en estos meses artículos interesantes que se han preguntado si una de las condiciones de posibilidad de la democracia liberal en Occidente era una memoria reciente del trauma de la guerra. Y puede que ese mismo trauma de nuestra guerra y nuestra dictadura fuera lo que nos prevenía de un Vox en los peores momentos de los años de plomo de ETA. Esa templanza de entonces es hoy inconcebible.

Pero formar parte de la norma, del mainstream político, no es algo necesariamente malo. Nos sacude la tentación narcisista de creernos a salvo de cualquier involución seria y con suerte nos previene de la frivolidad en nuestros posicionamientos públicos. Una vacuna a tiempo, un llanto sobreactuado ante la aguja esterilizada, nos puede evitar la infección mortal en el barro de la calle. ¿Estaremos en ese punto con la algarabía ante Vox? El tiempo lo dirá, pero tampoco Vox y sus provocaciones pueden compararse con Amanecer Dorado y eso habla bien de España.

Uno de los capítulos más fascinantes de la así llamada conquista de América por los españoles fue el proceso en el que los pobladores y los evangelizadores desterraron en las leyes y en los relatos a los primeros y admirados conquistadores y guerreros. Los bravos y épicos Cortés y Pizarro fueron poco a poco sustituidos por grises hombres de letras y discretos sacerdotes, algo que los primeros no aceptaron de buen grado. Boicotearon a misioneros y a gobernadores, incendiaron aldeas y esclavizaron más indios cuando las leyes comenzaron a protegerlos, en lucha por su gloria aventurera y sus derechos de guerra. Pero fue en vano. Era un último canto de cisne antes de que sólo quedaran para figurar en cuadros y hagiografías. No cuesta imaginar a qué partido votarían hoy.

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