Miguel Aranguren

Hope sonríe

La abulia, consecuencia del pesimismo, es un veneno para la voluntad, pues la convierte en un globo desinflado, en un balón sin aire que no sirve para nada, cuando es el arranque del espíritu con el que afrontamos los requiebros que la vida nos plantea, la única herramienta con la que el hombre llega a concluir las grandezas que le hacen digno. Creo en el poder de la voluntad –podríamos llamarla empeño, trabajo, empecinamiento, apertura de dientes...- porque más allá del talento, nos ayuda a saltar por encima de todas las dificultades.

Opinión

Hope sonríe
Miguel Aranguren

Miguel Aranguren

Escritor y cazatalentos literarios entre los jóvenes de España. Pintor, escultor y viñetista. Articulista de opinión. Mi web: www.miguelaranguren.com

La abulia, consecuencia del pesimismo, es un veneno para la voluntad, pues la convierte en un globo desinflado, en un balón sin aire que no sirve para nada, cuando es el arranque del espíritu con el que afrontamos los requiebros que la vida nos plantea, la única herramienta con la que el hombre llega a concluir las grandezas que le hacen digno. Creo en el poder de la voluntad –podríamos llamarla empeño, trabajo, empecinamiento, apertura de dientes…- porque más allá del talento, nos ayuda a saltar por encima de todas las dificultades.

Hope se llama el niño que vagaba por los caminos rurales de algún rincón de Nigeria, condenado al infierno por sus familiares y vecinos a causa de unas creencias supersticiosas que apuntillan el mito del buen salvaje. Desnutrido, comido por los parásitos, desnudo, golpeado, tratado peor que un perro sarnoso y enfermo de rabia, la estúpida decisión de que estaba embrujado vestía su temprana infancia con la piel del más repugnante de los demonios. ¿Sería a causa de la espuma de una epilepsia, como en los tiempos evangélicos? ¿Sería que Hope hablaba en sueños?… ¿Por qué puñetas le colgaron un sambenito tan inmundo?

La abulia, consecuencia del pesimismo, habría abandonado a Hope para que se lo zamparan las lombrices que anidaban en sus tripas. A fin de cuentas es un niño anónimo en un continente de niños anónimos. Nosotros también nos abandonamos a nuestras supersticiones, se justificarían los endebles con el tarot ante sus ojos, sin considerar que Hope tuvo la fortuna de encontrarse con unos europeos de voluntad de hierro, capaces no solo de liberarle de aquel interminable paseo por un averno de lujuriosas selvas y frutas jugosas que no estaban al alcance de su mano diminuta, sino de contar su desgracia al mundo como otros nos han contado la de los albinos de raza negra, la de las niñas sometidas a la ablación o -sin necesidad de recurrir a lo asombroso- la de los críos que sobreviven en las calles como espíritus andrajosos, walkingdeads sin cámaras ni temporadas.

Hope ha recibido transfusiones en el hospital, cuentan las noticias. Hope ha sanado de los parásitos intestinales. Hope come sin que le hagan daño los alimentos. Hope sonríe. Hope es otro ejemplo del maravilloso fruto de la voluntad.

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