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Huérfanos del ideal

Nadie entendió muy bien al barón de Coubertin cuando dijo aquello de que "lo importante en la vida no está en triunfar, sino en luchar" y que "lo esencial no es haber vencido sino haber combatido bien". El olimpismo moderno nació con la sospecha que despiertan siempre los ideales. A Joao Havelange, sin embargo, se le entendió a la primera cuando accedió a la presidencia de la FIFA, la máxima autoridad futbolística mundial: "Soy un vendedor de un producto llamado fútbol". Por fin alguien hablaba claro.

El fútbol aprendió la nueva religión a medida que la televisión se convertía en el sucedáneo del estadio. Ya no eran unos pocos miles de personas en las gradas sino que la audiencia de un partido de fútbol podía ser millonaria. Hasta ahí todo perfecto. Más posibilidades de disfrutar del mejor fútbol mundial. Pero entonces las cifras se dieron disparando y los jugadores empezaron a percibir más dinero del que podrían ganar en una sola vida. Incluso antes de que lograran saber qué hacer con tanto dinero. Desde aquellos tiempos lejanos en que Pelé se fuera al Cosmos neoyorquino a una jubilación más que merecida, los fichajes de jugadores han ido llegando a cifras que causan sonrojo si se comparan, por ejemplo, con los parámetros de desarrollo de los países más desfavorecidos.

Pierre de Coubertin alimentó su idea de unos Juegos Olímpicos modernos con el ideal de los griegos. Jugando al rugby en Inglaterra concibió un método pedagógico que debía combinar el deporte con las aptitudes intelectuales para generar un nuevo modelo de ciudadano: los habitantes de un mundo donde importara más el cómo que el qué, el ser por encima del tener.

Havelange fue olímpico en sus tiempos mozos como jugador de waterpolo. Cuando dejó las piscinas por los despachos, creyó en la explotación comercial del fútbol como una manera de universalizar unos valores que crecieron siempre rodeados de modestia y esfuerzo. Con los Juegos Olímpicos ocurrió otro tanto. Contar las medallas se convirtió en la obsesión y en una manera de dirimir los asuntos de política internacional. Poco a poco, deslindar el qué del cómo se fue convirtiendo en uno de los rasgos definitorios de la modernidad. Si lo que importa es el fin, lo de menos son los medios.

Mientras Havelange era enterrado en un cementerio de Río, en el estadio que lleva su nombre aún retumbaba el griterío ensordecedor del público. Se fue contento a la tumba con cien años cumplidos y con los Juegos Olímpicos celebrándose en su país. Lo trágico es que aquel bullicio no celebraba ninguna heroicidad, sino que abucheaba sin piedad a un pertiguista francés con el fin de descentrarlo y que perdiera la final contra el atleta local. El himno nacional brasileño se escuchó al fin, las lágrimas resbalaron por el rostro de Lavellenie y la tumba de Havelange se llenó de las sombras de la noche. Desde allí, en el horizonte, sólo podía verse la silueta luminosa del Corcovado.

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