María José Fuenteálamo

Instagram y la envidia

«Seguimos anquilosados en la dictadura de la belleza femenina al permitir que muchas hijas de Occidente se queden atrapadas en los dictámenes del cuerpo ideal»

Opinión

Instagram y la envidia
Foto: Kate Torline| Unsplash
María José Fuenteálamo

María José Fuenteálamo

María José Fuenteálamo (Albacete, 1980) es periodista. Tras trabajar en Bruselas y Euronews (Francia), ha pasado por El Mundo y EsRadio y colabora en El Español. ¿Un lema? Nunca se lee suficiente poesía ni se va a demasiadas fiestas.

– Instragram, instagramcito mágico, ¿quién es la más guapa del reino?

– No, no eres tú.

Un informe acaba de revelar que Instagram es tóxico para muchas adolescentes. Se deprimen al ver fotos idílicas en esta red. Sus niveles de ansiedad se disparan al comparar sus cuerpos -que no sus conocimientos u otras actitudes- con los que arroja la red social.

¿De dónde esa depresión por ver a otras más atractivas, más divinas…? De la obsesión -y el negocio- por la belleza, de tanto repetir qué guapa eres y de tanto que no parezca que vas maquillada pero no salgas a la calle con esas ojeras. No hay constancia documentada de grupos que se depriman viendo a sus deportistas preferidos: los siguen, quedan para sus partidos y los admiran abiertamente. Celebran sus victorias y se entristecen por sus derrotas… públicamente. Sin embargo, seguimos anquilosados en la dictadura de la belleza femenina al permitir que muchas hijas de Occidente se queden atrapadas en los dictámenes del cuerpo ideal. ¿No es ese uno de los argumentos de los del burka? Ahora, no servirá culpar a una red social de que la estabilidad mental de cualquier porcentaje de la sociedad dependa de que los demás no sean -o parezcan- más guapos que ellos.

a.d.RRSS (antes de las redes sociales) la gente se quejaba de lo pesado de que tus amigos recién casados organizaran una cena para enseñarte las fotos de la boda. Ahora las pasamos en carrusel desde la privacidad de nuestro móvil. Como la vieja de la persiana. ¿Muy de pueblo? El cotilleo es una herramienta de supervivencia. Conocer intrigas y compartir información es una característica del homo sapiens, como recuerda Yuval Noah Harari en su libro Sapiens: de animales a dioses. Nos diferenciamos de los animales porque podemos compartir información: aquí hay peligro, te digo que esta manada de leones se comporta así, de este te puedes fiar, pero de aquel no, aquí puedes invertir, allí no… Movemos con este sistema datos útiles, económicos, políticos, pero también banales. Las redes han acrecentado nuestro lado cotilla social. Y de igual forma, nuestros problemas. Porque los que ha destapado entre los adolescentes el informe de Instagram no son para nada triviales. Se habla incluso de depresiones que pueden llevar al suicidio.

a.d. RRSS. (antes de las redes sociales) la mayoría de las fotos públicas a las que teníamos acceso eran de famosos. Por lo general, disparos autorizados. Nada de tomas falsas. Posados divinos. Hoy cualquier hijo de vecino puede posturear en las redes. Se ha roto una doble barrera gráfica: tenemos acceso a instantáneas más «casual» de famosos y royals tropezando, despeinados, ¿con cara lavada?…. Pero, a la vez, podemos cruzarnos con un vecino exhibiendo músculo o con nuestra amiga de la infancia postureando, cual modelo, en bikini.

Deprimirse por envidia ante el mundo virtual es un problema real que no se soluciona culpando a las redes sociales. Porque el postureo no es delito. Como no lo es ser un hortera. La libertad de expresión también es libertad de posado y de filtro. Y así, el postureador o la postureadora está en su derecho de publicar lo que quiera dentro de los límites legales.

No podemos cerrar redes sociales -eso lo hacen las dictaduras-, ni condenar la envidia -como hacen algunas religiones-, ni prohibir que se muestren los cuerpos –como hacen los talibanes. Así que probablemente habría que trabajar más en los adolescentes lo de respetar no sólo la belleza propia, sino también la de los demás. Aunque sea una belleza exterior y de postureo.

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