Jorge San Miguel

Je suis un autre

«Seguiremos consumiendo debates manufacturados por facciones contra otras facciones en el reparto de poder, un poco como esas 'orgías rivales' que se pelean en Bruselas con denuncias cruzadas»

Opinión

Je suis un autre
Foto: PSOE| EFE

La mayoría de las cosas que suceden en política en los últimos años se explican mejor desde el punto de vista de la competencia intraélites que de cualquier elemento que trascienda el propio juego político. El vínculo entre este juego y el supuesto correlato en la realidad es casi siempre tenue, a menudo inexistente. La tecnificación de la política y la gestión pública han vaciado los debates de alternativas y de realidad; la dispersión de las clases sociales tradicionales y sus sustitución por múltiples categorías desarticuladas ha debilitado la representación de grandes intereses colectivos; los partidos son plataformas; y ahora, en pos de la hiperdemocracia de audiencia, perdemos la vida discutiendo sobre cosas que solo tienen que ver consigo mismas. Los debates van exclusivamente sobre los debates. 

Que la polarización política impide la rendición de cuentas es ya argumento que roza el tópico. Pasa en otros lugares, no sólo aquí. Pero a estas cosas conviene ponerles apellidos, porque si no acabamos hablando de Orban o de bisontes en el Capitolio. En Cataluña se empezó a debatir ideas fuera de la realidad antes que en otras partes, de modo que hay tres bloques delineados en torno a esa irrealidad, y la vida sigue. En España se lleva ensayando desde 2003 al menos, pero solo desde la accesión de Sánchez se ha visto en todo su esplendor el mecanismo. Sería ocioso volver a enumerar todos los topos literarios que se han desligado de la realidad, desde los recortes a la transparencia pasando por la reforma laboral de Rajoy y sus ERTEs. El símbolo perfecto, lo he escrito varias veces, fue la congelación del país en torno a unos presupuestos negociados por la anterior coalición, pero probablemente ninguno más sangrante que la elevación del ministro de Sanidad que ha gestionado, por decir algo, una epidemia con 80.000 muertos.

La resaca de la anterior crisis trajo demandas de rendición de cuentas y representación, pero en realidad la reducción de la tarta común nos iba a deparar más competencia entre élites y menos de todo lo demás. Quedaba aún hueco para discursos vagamente tecnocráticos y reformistas. Temo que nada de esto perviva ya cuando arrecie la que ha empezado este año. Desde el poder se anuncia con cierto desparpajo una sustitución de élites, que el gran reparto europeo, con el gobierno de croupier, va seguramente a acelerar, con una concentración económica y de influencia inédita en décadas. Será en detrimento de las amplias clases medias que mal que bien crecieron y sobrevivieron en España desde mediados del siglo XX.

La posibilidad de crear y sostener cuerpos intermedios en la sociedad española, elementos de contrapeso y representación de intereses colectivos entre el poder y los grandes electorados inertes, se aleja también: la concentración mediática al servicio de los repartidores de prebendas se intensificará, y la insuficiencia financiera y la incuria de las clases medias apolíticas seguirá lastrando cualquier posibilidad de actuar colectivamente sobre la política formal, no digamos los valores y la cultura. En estas circunstancias, la mejora de la calidad del debate civil, otra de las promesas o macguffins de estos años, parece más un chiste cruel que otra cosa. Seguiremos consumiendo debates manufacturados por facciones contra otras facciones en el reparto de poder, un poco como esas «orgías rivales» que se pelean en Bruselas con denuncias cruzadas. Hasta que el choque violento con la realidad interrumpa la farsa y el público empiece a abuchear, y entonces entraremos en territorio desconocido. A estas alturas no sé si Peter Turchin tiene razón, pero veo con bastante claridad que los míos estaban equivocados.

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