Álvaro del Castaño

La agnosia

«Desde el gobierno se ha planificado una inteligentísima campaña para ocupar nuestra capacidad y atención hasta conseguir empañar nuestra habilidad comprensiva»

Opinión

La agnosia
Foto: Taylor| Unsplash
Álvaro del Castaño

Álvaro del Castaño

Vivo en Londres y trabajo en un banco de inversión. Soy novelista, pero mis novelas no nacen de una vocación literaria, sino de una necesidad vital. Observo la realidad con distanciamiento.

Llevo yo muchos meses intentando despejar una incógnita que me tiene atenazado. Es la misma pregunta que está en boca de todos los que destinan algo de capacidad neuronal a la acción que vulgarmente llamamos reflexionar: ¿cuál es el origen de la incapacidad manifiesta de los votantes actuales para distinguir la verdad de la mentira?

Un botón de muestra de esta incapacidad la encontramos en España en relación con la nefasta gestión de la crisis actual. No voy a nombrar la lista de hechos absolutamente contrastados que ponen a nuestra nación a la cola de mundo en la gestión de la pandemia. Da vergüenza, simple y llanamente, sea uno de derechas, de izquierdas, de centro o de cualquier otro signo político. Es un hecho absolutamente contrastable, ahí están los datos.

Pese a la meridiana claridad que arrojan los datos, doy fe de que respetados y sabios amigos míos, mucho más competentes e inteligentes que yo, disculpan con todo tipo de extravagancias la actuación del gobierno de la nación ante la crisis a la que nos enfrentamos, y sin embargo culpan de todos los males a la oposición, y sobre todo a las autonomías cuando estas son de otro color político. Junto a ellos, millones de votantes caen presa de la misma actitud: ante los datos, ceguera. Como decía Saramago, «… no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven».

Reflexionando sobre esta increíble paradoja, me he afanado en buscar sinceras razones psicológicas, sociológicas, políticas, o tribales, para justificar la citada incapacidad, pero sin éxito. Hasta que me topé por casualidad con una bellísima palabra, que tiene la llave para desentrañar todo este enigma: la «agnosia».

Nos descubre Wikipedia que la «agnosia» (del griego «desconocimiento») es la incapacidad de procesar la información sensorial. En medicina es un trastorno neurológico que toma la forma de una incapacidad para reconocer objetos, personas, sonidos, olores o tamaños mientras que el sentido en sí no falla y tampoco hay una pérdida de memoria.

Pero, ¿qué tiene que ver la agnosia con los votantes? Muy sencillo. Desde el gobierno se ha planificado una inteligentísima campaña para ocupar nuestra capacidad y atención hasta conseguir empañar nuestra habilidad comprensiva. Saturados de información distorsionada, nos vemos incapaces de procesarla eficientemente para llegar a una conclusión. Se nos distrae de los datos con explicaciones y polémicas yermas entorno a batallas culturales que nos distraen de la esencia. Así consiguen mantener al votante en la ignorancia, pero con la sensación de estar muy bien informado.

Profundizando mas en el tema, nos encontramos con el historiador de la universidad de Stanford, Robert Proctor, y su teoría de la «Agnotología». Este término describe el estudio académico de la ignorancia, entendida como la siembra del engaño para confundir. Vivimos en la era dorada de la estulticia, solía decir Proctor cuándo desarrolló su teoría allá por el 2007. No sabía el ingenuo investigador que la edad de la ignorancia no había hecho más que empezar a brotar en esos albores del siglo XXI. Como afirma Eliot Higins (célebre detective digital, fundador de Bellingcat, y experto en la materia), «estamos en el precipicio de la era de la desinformación». En su citada teoría de la Agnotología, Proctor propone superar la visión de la ignorancia como un vacío que puede ser llenado por el conocimiento e invita a pensar en las formas en que hoy se produce, en forma premeditada y estructural: por negligencia, miopía, secreto o supresión. El autor muestra que la creación deliberada de la ignorancia es una estrategia para engañar y sembrar dudas sobre los hechos observados y sobre el conocimiento científico, tomando como ejemplos el papel de los secretos comerciales, la actividad de las tabacaleras para negar la relación causal entre el consumo de cigarrillos y el cáncer, y el papel del secreto militar. Proctor averiguó que la ignorancia se propaga cuando, en primer lugar, mucha gente no entiende un concepto o hecho y, en segundo lugar, cuando grupos de intereses especiales, como una firma comercial o un grupo político, trabajan duro para crear confusión sobre un tema.

La clave de la inteligente campaña a la que nos hemos visto sometidos por el poder es que unos votantes analfabetos (en el sentido de incapaces de llegar a conclusiones apoyándose en datos concretos) son mucho más vulnerables a las estrategias utilizadas por los maestros de la confusión y la ocultación de la verdad. «La ignorancia no es solamente lo que aún no se conoce, es también una táctica política, una creación deliberada de agentes poderosos que quieren que usted no sepa», decía Proctor.

Pero la agnosia no es nueva, querido lector, sino que se remonta al Big Bang, porque ya en la Biblia, la siembra deliberada de la ignorancia a través de la confusión y el engaño se dio desde el Jardín del Paraíso, cuando el infame reptil logró confundir las mentes de Adán y Eva, haciéndoles creer que Dios les había engañado y que no quería su bienestar. El grave problema en la actualidad, es que la agnosia cuenta con un brutal aliado que acentúa el problema: internet. La web, contrariamente a lo que debería ser, está ayudando a propagar la ignorancia. En esta línea se expresaba el afamado actor Denzel Washington en una interesantísima entrevista en el Financial Times: «Somos el único animal del planeta que tiene libre albedrío, y vivimos en una época en el que ese libre albedrío está dopado con esteroides. Somos libres de pensar e ir en cualquier dirección en la que queramos en esta era de la información y tenemos que proteger nuestros oídos, ojos y mentes. Tenemos que ser muy cuidadosos con la información que recibimos y en la que utilizamos como verdad. Tenemos que mirar hacia dentro y no hacia fuera. Necesitamos calistenia espiritual».

Pero, ¿cómo hemos caído en este hoyo tan profundo? El Secretario del Tesoro norteamericano con Bill Clinton, Larry Summers, solía recurrir irónicamente a una evidencia: «There are idiots, look around».

Terminaré este abultado artículo abordando otro ejemplo concreto de incapacidad de procesar información sensorial en nuestros días. Es una muestra de cómo la desinformación ha afectado a la percepción de la realidad histórica por parte de muchos jóvenes (en este caso norteamericanos) en relación con el descubrimiento de América. En la actualidad este sensacional, y absolutamente extraordinario hito histórico (con sus luces y sus sombras), ha sido totalmente emponzoñado por los revisionistas de la era de la desinformación. Como evidencia palmaria de este hecho, simplemente reproduciré un texto (gracias por esta perla, Raúl Mayoral) que un sabio historiador escribió al respecto en los años 60 del pasado siglo. Luego contrasten el texto de este sabio y sus impecables credenciales profesionales e intelectuales, con la actualidad del ignorante derribo de las estatuas de Colón en EEUU promovido por “activistas” cuyas únicas fuentes de conocimiento emanan de las redes sociales.

«En 1600, 108 años después de la llegada de Colón, España había conquistado la totalidad de la costa de Sudamérica, a excepción de Brasil -esto es, 32.000 km, contando solo la Sudamérica española; el contorno de India mide 6.100 km-, y gran parte del interior también… En una generación -comienzos del XVII- los españoles adquirieron más territorio que Roma en cinco siglos …” “No se conoce otra conquista como la española en los anales de la especie humana”. “Los españoles organizaron y administraron todos los territorios que conquistaron, llevando allí las artes y la literatura de Europa y convirtiendo a millones a su fe»…

Samuel Eliot Morison (Boston, 1887-1976). Marino militar e historiador, profesor de Historia en Harvard y Oxford, premio Pulitzer, 1943 y1960. The Oxford History of American People, 1965.

¡Toma del frasco, Carrasco!

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