Cristina Casabón

La alternativa liberal

«El liberalismo quizás no ha sabido explicar las ventajas del enriquecimiento económico y cultural, ni las de una filosofía ética pluralista»

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La alternativa liberal
Foto: Tom Brenner| Reuters
Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Profesora en la Universidad Carlos III. Articulista. El mundo como sustrato potencial de la ficción.

La historia es un relato necesario de los progresos y los sufrimientos imprescindible para conocer la realidad; ignorarla e imaginar un mundo utópico es un acto de odio a nosotros mismos, es ignorar lo que somosNada refleja más nuestra imperfección que el corto siglo XX, el periodo más creativo y destructivo de la historia plasmado en experimentos de planificación como el nacionalsocialismo o el comunismo que amenazaron la comprensión liberal del mundo. Borrar la historia deja un vacío que permite reescribirla y reinterpretarla, simplificarla. Hoy, el populismo, tanto en sus variantes de reaccionarios populistas como de activistas progresistas, es un movimiento atractivo para el hombre que siente el impulso de la destrucción de un orden liberal que percibe profundamente defectuoso. Ante ese vacío se ofrece una imagen distópica llena de la carga que, durante los últimos años, ha llegado a dominar el imaginario moderno de la contra-ilustración. 

Vemos estos días el resurgimiento de un ideal comunitario populista y de la justicia social de la izquierda progresista, que imponen una visión de lo que perciben como los fracasos del liberalismo, que se centra en los fallos del hombre a la hora de alcanzar la perfección y aspira a un mundo ideal, un orden planificado de estratificación y organización social construida desde arriba mediante la colectivización en forma de grupos identitarios. La igualdad es el nuevo mantra. Si analizamos la vertiente identitaria y los cantos de sirena de la derecha iliberal vemos otros prejuicios muy arraigados en un mal entendido conservadurismo. Ambas corrientes se prestan a una serie de compromisos políticos variados, que prefieren la coerción colectiva o gubernamental al acuerdo mutuo individual, ya sea en nombre de la nación o para gloria de la revolución.

Ya dijo el liberal Raymond Aron que el liberal cree en la permanencia de las imperfecciones de la humanidad; se resigna a un régimen [imperfecto] en el que la benevolencia será el resultado de innumerables acciones, y nunca el resultado de una elección consciente [planificación que implica en la práctica la coerción de la libertad individual]. McCloskey y otros liberales van más lejos y demuestran con datos que el innovismo moderno y liberal se adapta al feminismo y a la defensa de las minorías mejor que el marxismo y las nuevas políticas identitarias. El liberalismo quizás no ha sabido explicar las ventajas del enriquecimiento económico y cultural, ni las ventajas de una filosofíética pluralista.

Quizá las políticas identitarias, como explica la liberal McCloskey, perpetúan la desigualdad y la pobreza de las minorías en Estados Unidos (ella analiza detenidamente el caso de Chicago) y la solución no es más regulación y más intervencionismo, sino limitar al máximo el poder coercitivo del Estado: Laissez-faire. Otra alternativa es la que señala David JiménezQuizá sería máútil desarrollar políticas que corrijan las limitaciones a la movilidad social, el coste de la educación superior y de la atención sanitaria, o las altas tasas de violencia en muchas zonas urbanas; cuestiones que afectan profundamente a las comunidades negras no tanto por el racismo estructural sino por su legado: la pobreza y la desigualdad. La clave a la hora de enfrentarse a la pobreza o a la desigualdad no son exactamente los factores culturales, y como apunta Jiménez, centrarse en la construcción cultural de los prejuicios raciales no solo puede resultar reduccionista; es que tampoco se ha revelado como una estrategia de éxito.

Para el liberal Bernaldo de Quirós el populismo identitario ya no pone el acento en enfrentar la economía de mercado y la democracia liberal’ (), sino que busca ‘trasladar la batalla de la economía a la cultura. Esta guerra cultural intenta deslegitimizar el legado de un mundo supuestamente definido por las relaciones de poder y silenciar esa provocación pinkeriana que afirma que vivimos en el mejor mundo conocido hasta la fecha, y que esto es así gracias al desarrollo de las ideas ilustradas, al innovismo. McCloskey explica que fueron las ideas del liberalismo las que hicieron posible el innovismo, lo que propició el gran enriquecimiento desde 1800 hasta el presente. El acontecimiento económico más sorprendente de la historia se explica, en realidad, por las ideas de mejora de individuos imperfectos.

Para el populismo identitario, el progreso objetivo y demostrado es percibido como una insuficiencia (espiritual, moral, política). Lejos de ser percibido como el sistema más perfecto conocido hasta la fecha, representa un mundo desigual e imperfecto; la manifestación de las relaciones de poder presentes en la sociedad. La alternativa es despojarnos de nuestra individualidad imperfecta en pos de una utopía social, marxista, igualitaria, o en pos del mundo ordenado de la derecha iliberal tradicionalista y comunitarista. Como dice McCloskey, lo que sería estupendo es que una sociedad libre y rica adoptara el liberalismo smithiano y produjera una igualdad pikettyana. Pero espera. En realidad, en gran medida ya lo ha hecho. Apostar por una comprensión positivista y liberal frente a las alternativas simplificadoras y reduccionistas implica repasar los fundamentos del liberalismo, volver a las definiciones, estudiar la historia, revisar los datos.

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