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La ballena blanca

Foto: Casa de S.M. el Rey/Francisco Gómez | EFE

Cuenta Herman Melville en Moby Dick que en la caza de las ballenas rige una ley breve y concisa, de apenas dos artículos, que el autor eleva a categoría metafísica. El código ballenero dice así:

«I. Un pez cogido pertenece a la parte que lo tiene cogido.

  1. Un pez suelto es presa libre para quien antes lo atrape».

La metafísica, en este caso, apela a la realidad inclemente de la Historia. «Con frecuencia –escribe Melville– la posesión es el todo de la ley. ¿Qué son los tendones y las almas de los siervos rusos y de los esclavos republicanos, sino un pez cogido en el que la posesión es el todo de la ley? ¿Qué es para el avaricioso arrendador la última moneda de la viuda sino un pez cogido?». Y, a su vez, «¿Qué son los derechos del hombre y las libertades del mundo sino un pez suelto? ¿Qué son todas las mentes y opiniones de los hombres sino un pez suelto? ¿Qué es el principio de creencia religiosa en ellos sino un pez suelto? ¿Qué son los pensamientos de los intelectuales para los ostentosos traficantes de palabras sino un pez suelto? ¿Y qué eres tú, lector, sino un pez suelto y también uno cogido?».

En efecto, la sociedad se asemeja a un océano regulado por las leyes y las instituciones, en el que se libra una batalla permanente por el control de las creencias, que es como distinguir entre peces cogidos y peces sueltos. ¿Qué son las ideas predominantes –esto es, la textura de raíz casi mítica en la que respiramos y nos movemos–, sino una forma de determinar el color de la libertad y el sentido de nuestros prejuicios? ¿Reventarán, por ejemplo, las normas impuestas por la corrección política, debilitadas por la artillería populista, de modo que los peces cogidos vuelvan a nadar sueltos hasta que rija una nueva ortodoxia? A saber, puesto que los espacios atomizados, sin credos fuertes y amplios, se tornan cardúmenes codiciados por los poderes del mundo. ¿Cuál es el todo de la ley? Se diría que una democracia representativa exige la inclusión, la libertad garantizada por los derechos y deberes, y el bancal fértil del progreso. Habría que medir también si eso constituye el todo del resto de ideologías, aunque apelen –como “ostentosos traficantes de palabras”– a la iconografía democrática. La respuesta que ofrezcamos a esta pregunta nos ilustrará sobre la sociedad que queremos. Seamos o no conscientes de ello.

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