Antonio García Maldonado

La cárcel de las expectativas ajenas

«El mercado laboral funciona como un pelotón ciclista que sube una montaña: los que se escapan y encabezan el grupo son los que marcan la carrera y los que se llevan el premio»

Opinión

La cárcel de las expectativas ajenas
Foto: BRENDAN MCDERMID| Reuters
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

El debate en torno a la jornada laboral y su posible reducción ha vuelto a cobrar relevancia mediática estos días. Hace unas semanas conocíamos la carta de unos trabajadores del banco de inversión Goldman Sachs en la que solicitaban una reducción desde las 90 horas semanales a 85 (!): «Es inhumano», escribían tras relatar episodios de estrés intenso. A su vez, el pasado domingo, a raíz de dicha misiva el diario EL PAÍS publicó un reportaje en el que se describían prácticas laborales asentadas en grandes bancos, despachos de abogados o empresas auditoras. La crítica y el rechazo fueron generalizados, aunque los escasos defensores de estas prácticas aludían a determinados atenuantes: suelen ser pocos años que después rinden toda la vida y, en última instancia, es responsabilidad de cada uno.

Pocas horas después, un catedrático de economía publicaba un tuit en el que daba su particular visión del escándalo, producto, en su opinión, de una generación de jóvenes que «1) aún son niños a los 35 años; 2) están poco formados y sin carácter; 3) cuando la mayoría no rinde la mitad de lo que gana; y 4) pretenden trabajar como niños, pero cobrar como socios». Su Twitter pronto se llenó de comentarios que criticaban su paternalismo y, a decir de muchos, ignorancia y falta de sustento en unas declaraciones muy duras sobre una generación que ha conocido dos grandes crisis en diez años, y cuyas expectativas de prosperidad están muy disminuidas frente a las que tuvo la generación de dicho catedrático.

Dos puntos –el de la responsabilidad individual y el conflicto generacional– que enmarcan el asunto y sugieren una brecha cuya importancia es mayor de la que a primera vista puede aparentar como explicación de determinadas manifestaciones de malestar social. Respecto de la responsabilidad individual para elegir el número de horas, si concediéramos validez al argumento seguramente se caería todo el edificio de la civilización. Pero, suponiendo que se le otorgara bula legal y moral, urge recordar que el mercado laboral funciona como un pelotón ciclista que sube una montaña: los que se escapan y encabezan el grupo son los que marcan la carrera y los que se llevan el premio, pero también los que arrastran consigo a los demás a una dinámica y un esfuerzo excesivo para su capacidad o preferencia. Que alguien trabaje 90 horas me afecta a mí, que ya estoy agotado con las prescriptivas 40, o que tengo familia a la que atender. Seguramente no hay soluciones a este dilema, y se trate, más que de un problema legal, de uno de incentivos que priman en una determinada sociedad en un momento concreto. Pero lo cierto es que es habitual hablar con amigos o conocidos que admiten tener mala conciencia al solazarse tranquilamente viendo una buena película porque «en esas dos horas podría estar produciendo» o, porque «otro con el que compites sí estará trabajando». Otros tantos ven en esa realidad el éxito del formato series: solo tienen capacidad de concentración para 45 minutos o solo están dispuestos a pagar el siempre presente y casi físico coste de oportunidad de no producir durante 45 minutos.

Respecto al conflicto generacional que evidencia el tuit del catedrático –opinión que, con distintas palabras, ha sido habitual escuchar estos años–, creo que evidencia un cambio real y profundo de mi generación –soy de 1983, frontera millenial– respecto al valor y el sentido del trabajo. Es muy frecuente escuchar a compañeros o amigos decir que basta, que tienen un empleo formalmente extraordinario y prestigioso, en una gran ciudad con solera, que ganan razonablemente bien, pero que así no pueden seguir. Que se van a su ciudad de provincias, incluso al pueblo, que no les importa ganar menos a cambio de otro entorno y otras exigencias. Cuando así sucede, es igualmente frecuente escuchar los comentarios de la generación anterior lamentando su decisión, o con muchas dificultades para comprenderla. Esa distancia generacional quizá se haya ampliado aún más por las consecuencias de la pandemia, un shock que ha llevado a muchos a un replanteamiento vital que antes estaba latente pero más diluido.

Las expectativas laborales de quien trabaja a destajo y las expectativas vitales de quienes nos precedieron son una camisa de fuerza en la que podemos sentirnos constreñidos y atrapados. Cada vez más gente se rebela contra ambas, y donde unos ven decadencia y ensimismamiento, a mí me cuesta ver otra cosa que progreso.

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