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La conversación

“Esto no puede seguir así”, ha dicho Florencio Almeida, portavoz de la asociación portuguesa de los taxis. “Esto” es que hay una tecnología que hace que su negocio sea obsoleto, como los conductores de rickshaw, esos carritos chinos de tracción humana, frente a la moto que circula por las calles de aquél país en ruidosas riadas. 

Un taxista es una persona que sabe conducir, lo cual no añade mucho valor en una sociedad en la que todo quisque lo hace. Podía presumir de conocer los entresijos de la ciudad, situar al santoral y al panteón de hombres ilustres sobre el entramado de sus calles, y llevarte de memoria a los hitos del lugar. Pero eso era antes de que una máquina sepa guiarnos por el mejor camino, a ellos los primeros, con un conocimiento puntual sobre el flujo del tráfico. Al final, una barrera administrativa es lo que le protege ante la competencia del hombre de la calle. Si hasta ellos se quejan de que quienes les “quitan” el trabajo no tienen preparación alguna más allá de conducir. No la necesitan.

Uber ha sabido organizar eficazmente esa competencia con chóferes de ocasión, y otras empresas nos ofrecen coches eléctricos de usar y dejar. Pero el gran cambio tecnológico, que veremos a diario antes de que termine esta década, es la del coche sin conductor. No miraremos a la carretera para ir de un lado a otro. Ocuparemos nuestro tiempo leyendo, escuchando música, o ligando en las redes sociales. El 90 por ciento de los accidentes son fruto del error humano. Lo quitamos de la ecuación y el resultado es un mundo sin taxistas y sin accidentes. Además, y esto queda para los años 20’, los coches se comunicarán entre sí y usarán las carreteras con una eficacia sobrehumana, y sin atascos.

Pero nos perderemos la conversación, cínica, razonable, informada o conspiranoica, de los taxistas. Que vuele nuestra imaginación en el huevo con ruedas de las nuevas ciudades.

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