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La culpa y la adolescencia política

"Culpamos a la sociedad de nuestras conductas más nocivas y menos bondadosas a menudo de manera arbitraria"

Foto: EMILIO MORENATTI | AP

Como tantas otras cosas, lo ha dejado cantado Manel, cuyas letras surten a menudo ese inesperado y gratificante efecto prácticamente solo alcanzable para la ficción, de poner las palabras exactas allí donde solo hay sensaciones confusas, experiencias erráticas e incertidumbre. El caso es que sí, dejar de buscar culpables ajenos a lo que uno es y representa es una buena forma para definir la madurez o, más concretamente, la entrada a la aventura de comprender el mundo sin ruedines, a saber: sin coartadas que nos faciliten creernos eternamente infalibles. Hay episodios sencillos e inocentes en las etapas primerizas de la vida personal, como los padres que exclaman “escalón, malo” cuando el niño tropieza y se malhiere, o la ternura que despiertan los mismos maldiciendo junto al adolescente un examen complicado.

Las cosas se complican cuando los eximentes de culpa pasan de anécdotas más o menos entrañables a un salvavidas del ego y a una forma de blindar nuestros prejuicios y ratificar nuestra errónea forma de actuar: culpamos a la sociedad de nuestras conductas más nocivas y menos bondadosas a menudo de manera arbitraria, como si dividiendo nuestra responsabilidad entre los millones de individuos que la conforman diluyéramos la propia, cometiendo una injusticia no solo con los demás sino con nosotros mismos, manteniéndonos prisioneros del engaño. No ser ajenos al error ni inmunes a los pecados capitales no nos hace peores, sí lo hace concederle esa debilidad solo al resto, o peor, a sujetos colectivos a menudo difíciles de identificar y fáciles de demonizar.

Es esta la tercer dimensión, la que más adolecemos y aquejamos en el debate público, y la que más peligros entraña. Sobre todo, por lo poco capaces que somos de reconocerla y la facilidad con la que premiamos y nos adherimos a los discursos que expulsan la culpa y nos retratan no como ciudadanos sino como rehenes de un mal ajeno contra el que hay que luchar a toda costa. Sorprende, por ello, lo poco que hemos aprendido de la matraca del nacionalismo catalán, que sigue encontrándole notables réditos a la fórmula de culpar al sujeto España de todo cuanto nos ocurre a los catalanes. No ha habido un solo asunto –retrasos en Cercanías, huelgas en el aeropuerto de El Prat, incluso los trágicos atentados de hace dos años en Barcelona- que no haya revestido el separatismo de rechazo a lo que significa la democracia española. Y vuelven a la carga: el vicepresidente de la Generalitat, de la moderada ERC —así interesa verla ahora— inicia el curso anunciando que, tras años de desentenderse de la financiación autonómica y dos días después de que Torra clamase “no estoy aquí para gestionar una autonomía”, el gobierno catalán denunciará al español por impagos. La enésima versión del España nos roba. Esa forma infantil de sacudirse la culpa y, de paso, hallar al enemigo perfecto que nos brinda la zona de confort.

Pero empieza el curso político en toda la geografía española y no vemos sino contagiarse los peores métodos del nacionalismo catalán a otras esferas: no solo por la proximidad que tienen con los actuales moradores de la Moncloa, acreditada con los acontecimientos recientes pero ya olvidados para el satelitado como el acuerdo en Navarra, sino porque el negocio de expulsarse la culpa lo está haciendo suyo el PSOE con todo cuanto encuentra. El lamentable brote de listeriosis se ha convertido en uno de los episodios del verano y hemos tenido que asistir estupefactos, durante los primeros días, a una campaña contra la Junta de Andalucía, como si de pronto hubiera administraciones buenas y otras tan malas como para presuponerles toda la responsabilidad de la infección en la carne mechada y las nefastas consecuencias que está teniendo para salud de muchas personas. Como si la bondad, la fortuna o la salud fueran también valores con los que colorear el tablero político: una pesadez que guarda muchas similitudes con la sempiterna encrucijada que persigue el nacionalismo.

Pero ocurre con todo últimamente: basta ver un atisbo de mal o de injusticia para que una serie de pastores se lancen a intentar descubrirnos algo que la experiencia personal ya nos desmintió hace tiempo. Que las tragedias existen, la mala suerte nos salpica a veces y otras nos sacude, y que lo realista no es erradicar el mal sino reconocerlo allí donde esté y evitar que nos domine. Cuando se dice que la democracia es un sistema perfectible se alude a la esencia misma de las personas a las que esta sirve: no se puede evitar que nos equivoquemos, pero se puede hacer todo lo posible para que paguemos las consecuencias. Siempre que estemos preparados para asumirlas.

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