Jaume dUrgell

La deportación de Marianne

Es un símbolo, lo sabe cualquier francés. Representa los valores cívicos, humanistas y democráticos que sirvieron de inspiración para los procesos revolucionarios

Opinión

La deportación de Marianne

Es un símbolo, lo sabe cualquier francés. Representa los valores cívicos, humanistas y democráticos que sirvieron de inspiración para los procesos revolucionarios

Marianne es una preciosa niña de tan solo cuatro años de edad, oriunda de un pueblecito perdido en la falda de las montañas del sector más oriental de Albania. Sobre sus mejillas rechonchas, perdura el rastro seco de la última rabieta… que se entremezcla con la polvadera de los caminos que rodean las cercanías de Lyon.

Ella es de aquí, de siempre… o, al menos, eso es lo que alcanza a recordar, en un más que correcto francés —para su edad—. Como cualquier otra criatura vive en compañía de su familia, ignorando feliz, que su hogar no sabe de planes generales de ordenación urbanística, ni de autorizaciones administrativas, ni mucho menos del alcance legal ni las consecuencias de la delimitación fronteriza de los acuerdos de Schengen.

Marianne es un símbolo, lo sabe cualquier francés. Representa la personificación de los valores cívicos, humanistas y democráticos que sirvieron de inspiración para los procesos revolucionarios desencadenados a consecuencia de la insoportable incompatibilidad entre tiranía e Ilustración.

Esta mañana, un destacamento de efectivos de la Guardia Republicana ha dado cumplimiento la orden de desalojo y deportación que pesaba sobre la frágil realidad que rodeaba la existencia de la pequeña Marianne. Su otrora feliz mirada, nos ofrece ahora el reflejo del abismo cavado por Hayek y Popper, vendido por Murdoch y Goebbels, y ejecutado por Sarkozy y Valls.

Pero tranquilos… “Nosotros no somos como Marianne”, “Eso solo les ocurre a los demás”, “No es como nosotros”, “Lo llevan en la sangre”, “Algo habrá hecho”, “Primero los de casa”, “¡Que se vuelva a su puto país!”… tranquilos, el orden público no corre peligro, la estabilidad de nuestro sistema económico está a buen recaudo.

Continúen vegetando.

Más de este autor

Razón y barbarie

La pena de muerte jamás puede ser una opción justa en una sociedad civilizada. Incluso las personas halladas culpables de las más horrendas atrocidades contra la Humanidad conservan su condición de seres humanos…

Opinión

El eje de la intolerancia

Su aprensión a las Instituciones Europeas resulta especialmente paradójica en el contexto de una campaña electoral destinada a ocupar dichas instituciones con el indisimulado propósito de socavarlas desde dentro

Opinión

Más en El Subjetivo