Carlos Mayoral

La digitalización de la cultura

«En esta sociedad posmoderna, donde uno trabaja a distancia, compra a distancia, se enamora a distancia y vive a distancia, conseguir que los stendhalazos se experimentasen a distancia nos pareció un juego de niños»

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La digitalización de la cultura
Foto: Perfecto Capucine| Unsplash
Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

Corría marzo cuando nos arrolló la pandemia, se cerraron plateas y escenarios, se detuvieron producciones y estrenos, se difuminaron las novedades literarias, se cancelaron ferias y congresos. El mundo de la cultura se encontró de pronto con que la realidad había perdido el sentido, así que tendría que renovarse. Conciertos por Zoom, presentaciones de libros por Instagram, teatro vía streaming, librerías a domicilio… Toda expresión artística en tiempos de pandemia resultaba una idea aristotélica, en aras ya no tanto de adaptar la cultura al nuevo presente, sino por, simplemente, hacernos creer que el arte no necesita cercanía. En este contexto, las plataformas que llevan años viviendo de esa lejanía vieron crecer sus clics en el botón de «suscribir»: Netflix o Spotify se dispararon en bolsa; según PwC, el 57% de los ingresos culturales ya es digital; crecen los podcasts, la televisión, YouTube y todo lo que atempere la distancia.

Hemos vivido todo este tiempo creyendo, insisto, que esa cercanía no era necesaria. Que las ferias literarias podían celebrarse a través de una pantalla, que para charlar con los lectores no era necesario un vino, que los conciertos no exigen gritos al otro lado de las tablas, que para admirar la luz de Velázquez bastan los megapíxeles del último iPhone, que el cine no precisa la oscuridad de una sala, que al teatro no le hace falta percibir la sombra de sus espectadores. En esta sociedad posmoderna, donde uno trabaja a distancia, compra a distancia, se enamora a distancia y vive a distancia, conseguir que los stendhalazos se experimentasen a distancia nos pareció un juego de niños. Pero, me temo, este simulacro de realidad, este impasse entre dos confinamientos, nos ha hecho ver que es imposible: basta un acorde a dos metros o una firma de libros con distancia social para comprender que la digitalización del arte tiene algo de oxímoron.

Está a punto de arrollarnos el 5G, cada vez son más las palabras que valen menos que una imagen y el que no se adapte a la digitalización será un analfabeto, pero resulta que un bis de Lissete en el Real pone la carne de gallina en una centésima de segundo, perderíamos un brazo por una saneada Feria del Libro presencial en octubre y se hacen colas en el Prado esperando el aumento del aforo diario. No lograrán convencerme: la cultura no quiere adeptos, quiere amantes, que diría Lorca. Esos centímetros que separan la Stratocaster del público que jalea un solo, la sonrisa de la última autora en boga de su lector o el trazo de un pintor romántico de su visitante no es que sean convenientes, es que son necesarios. La digitalización de la cultura es un hecho, oximorónico pero real; el éxito de sus promotores es un informe constatado por no sé qué big four y los ingresos provenientes de la cultura, como digo, crecen por esa rama, pero el motor del arte fue, es y seguirá siendo la proximidad entre la expresión artística y aquel que la necesita para sobrevivir a pandemias y a futuros.

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