Cristina Casabón

«La España que hacemos»

«Nos alejamos cada vez más de una mentalidad que encaja en un mundo moderno con un capital humano elevado [...] para adentrarnos en el adoctrinamiento y la sobrerregulación de un modelo reaccionario, arcaico»

Opinión

«La España que hacemos»
Foto: Joel Filipe| Unsplash
Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Profesora en la Universidad Carlos III. Articulista. El mundo como sustrato potencial de la ficción.

Hay una epidemia pestilencial que azota a nuestro debate público en la facultad que más la caracteriza, es decir, la palabra y el pensamiento. Vivimos asfixiados por las dinámicas de un clima de opinión cada vez más parecido a un mercadeo de topicazos rimbombantes como el fascismo, el populismo, el progresismo y otros términos que se emplean como etiquetas que se lanzan desde el Partido. También sucede que se fetichizan los términos y la retórica para proponer un modelo de país donde todos bebamos de la ubre de la vaca del Estado. Toda la inventiva y la creatividad socialista puede ser resumida en una frase: «Aparte de lo de la libertad no tienen nada. Solo un modelo de sociedad que desmantela lo público». Lo ha dicho la delegada del Gobierno en Madrid esta semana.

El problema no es solo que ese razonamiento puede justificar las peores tiranías, sino que, a nivel práctico, no es sostenible. Hay acuerdos básicos sobre los que no es necesario polemizar: casi todos defendemos unos servicios públicos eficientes, pero nadie que conozca España cree que el problema es el «capitalismo» o que la libertad puede «llevarse demasiado lejos» en un sistema sobrerregularizado como el nuestro, más bien el problema es la ineficiencia de un Estado elefantístico y arcaico que no genera riqueza ni empleo. Se propone un modelo de economía sin horizontes en el que toda la realidad se ajusta a una identidad de manual de Partido, uniforme y homogénea. La pérdida de rumbo de nuestra política genera deformaciones grotescas y pone a los funcionarios públicos a moralizar y señalar a los herejes capitalistas.


«Si a ti te educan durante 18 años en que el modelo de urbanización privada, en el que tienes que utilizar el coche para todo y en el que tienes piscina privada indica que has triunfado… La sociedad madrileña lo ha comprado, pero ahí la izquierda (…) tiene que construir un proyecto, y estoy convencida de que si lo logramos y tiramos de ellos, somos mayoría», cuenta la tal Mercedes. Es la mueca de reprobación moral del socialista cualificado, que vive de tus impuestos y te recrimina por querer tener una vida a la europea: una urbanización con piscina y una casa con frigorífico. Comida buena. Pisos grandes. Trabajo. Aviones. Educación universitaria de calidad. Los sinceros y amigables socialistas lentos tienen a la gente atemorizada por los enigmas del estilo de vida europeo. No hay suficientes anticuerpos que contrarresten la expansión de esta retórica que busca mangonear la esfera privada de los ciudadanos, sus bolsillos y sus conciencias.

La buena salud de un debate público se mide por el número de detractores que se oponen al pensamiento colectivo o gregario, al borreguismo del «somos mayoría». Para el socialista que minusvalora el pluralismo valorativo e ideológico, todo el esquema de creencias va ligado a un pensamiento dogmático, estático y conceptual de brocha gorda. Esto acaba magnificando u ocultando los detalles prosaicos del mundo real y ajustándolo al pensamiento del Partido. El temperamento de personas que quieren preservar su libertad ya tampoco cabe en la «España que hacemos». Se indignan al ver a estos recalcitrantes estorbar en la superficie de Madrid. «¿Qué hace ahí gente así, todavía? ¿Cómo vamos a perder el tiempo argumentando con gente con piscina?», se preguntan escandalizados. Una se pregunta dónde está ese Madrid lleno de urbanizaciones con piscina.

«Lo de la libertad», dicen. Hay algo de fanatismo vagamente cultivado en este tipo de pensamiento. En la esfera del pensamiento, estas narrativas son lo contrario a la tradición humanista y literaria, en el plano material, lo contrario a una sociedad moderna y una democracia liberal. Nos alejamos cada vez más de una mentalidad que encaja en un mundo moderno con un capital humano elevado, y que posibilita la creación de mayores niveles de bienestar, más empleos y oportunidades, para adentrarnos en el adoctrinamiento y la sobrerregulación de un modelo reaccionario, arcaico.

La dinámica del progresismo socialista consiste, cada vez más, en reemplazar los argumentos y la reflexión por políticas de instrucción moral y partidista. La reconciliación de las diferentes opiniones en nuestras democracias no ha tenido lugar porque desde nuestras instituciones solo se promueve una cultura de Partido cada vez más homogénea y afixiante. La España que hacemos los recalcitrantes es la única que tiene futuro. Y si en una democracia te opones al pensamiento dominante, no eres ni reaccionario ni franquista. Eres una persona civilizada y demócrata. Felicidades.

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