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'La Favorita' o lo que no entienden los politólogos

‘La Favorita’ de Yorgos Lanthimos es quizás la mejor película de esta década. Me da igual el que no esté de acuerdo, mi intención hoy es otra. Y es que empiecen a pasarla en todas las escuelas de politología del mundo, para ver si de una buena vez terminamos de entender qué fueron las cortes, cómo eran sus dinámicas y cuál su actual paradero, pues mi sospecha es que siguen vivas entre nosotros.

Me explico. En política le enseñan a uno según el diagrama aristotélico: hay tres tipos de gobierno, cada uno con una versión buena y una mala. Monarquía; dictadura. Aristocracia; oligarquía. Democracia; oclocracia – o populismo, como le decimos ahora. Hacemos el dibujito en el pizarrón y luego ponemos el puntico donde toque – todo lo que vino antes de la modernidad: ¡Monarquía o Dictadura! ¿Y todo lo que vino después? ¡Democracia! ¡Democracia o algo que se le parece igualito!

El problema de este ejemplo tan claro de pizarronitis (algo de lo que sufrimos también los economistas, y para lo que la mejor medicina es un whiskey, dos hielos, y una buena habladera de pistolada) es que terminamos pensando que aún no vive la corte entre nosotros.

A ciegas seguimos pensando que la política es una masa hecha de leyes, votos, manifiestos de partidos y voluntades de pueblos. Los mejores estudiantes de posdoctorado construyen modelos a partir de esta masa y luego sacan sus lupas y verifican resultados. Pero yerran en la primera premisa: asumen que la política es un asunto público.

Olvidan lo que pasa puertas adentro: lo que pasa en las sedes de los partidos, en los comités de las ONG, en los salones de junta de las corporaciones, en los pasillos universitarios, en las discusiones familiares, en las aspiraciones de los propios filósofos políticos. Y resulta que es lo mismo que pasaba en la Corte inglesa del S. XVIII que aparece en ‘La Favorita’, lo mismo que pasaba en el Palacio de Cnosos, en las intrigas de Agripina la Menor y bajo las faldas de Rasputín: aquello que antes conocíamos como políticas de corte, pero que hoy cualquiera conoce como chisme o pasilleo.

Toda asociación de más de diez personas es una corte. Una corte hecha de sospechas, de envidias, de amistades, de favoritas, de seductores y grandes jugadores. Yo que he trabajado en faunas tanto de izquierdas como de derechas (bancos de inversión y multilaterales) les puedo decir con certeza: la fábrica humana de toda organización es la misma. Las conversaciones al salir a fumar, al tomarse el café, no varían ni en una sílaba. Lo que cambian son los temas de cuchicheo.

Lo curioso de todo esto es que esta moraleja ya la saben los políticos, solo que se la quedan callada. Todo aspirante presidencial sabe que su logro depende mitad de sus ideas y mitad del balance neto de sus amistades. Que para ganar en la democracia hay que ganar primero en la corte del partido. Y que para prepararse, mejor es leer a Tácito que a Leo Strauss, mejor es ‘La Favorita’ que un documental.

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