José Carlos Rodríguez

La frivolidad y la muerte de Aunión

Me angustian los dos segundos y medio que transcurren entre la ingravidez a 30 metros de altura y el impacto. El tiempo que lleva abrir la puerta de una habitación, el de un sorbo a una taza de café o la lectura del título de un libro. El tiempo de un último abrazo, el de un apretón de manos, el de una mirada.

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La frivolidad y la muerte de Aunión
Foto: HANDOUT
José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez

Elegí vivir de contar lo que acaece. De todas las ideas sobre cómo debemos convivir, la libertad no me parece la peor.

Me angustian los dos segundos y medio que transcurren entre la ingravidez a 30 metros de altura y el impacto. El tiempo que lleva abrir la puerta de una habitación, el de un sorbo a una taza de café o la lectura del título de un libro. El tiempo de un último abrazo, el de un apretón de manos, el de una mirada. Ese es el tiempo que tuvo Pedro Aunión para darse cuenta de que su vida se volvía sobre sí misma, se precipitaba a un abrupto final. Me angustia esa última certeza, y espero que en ella Pedro haya encontrado el consuelo de haber tenido una vida plena hasta ese instante.

Fue el viernes, poco antes de las once de la noche, rodeado de miles de personas que acudían al festival Mad Cool. Corrieron unas ambulancias al lugar, pero nada se pudo hacer por salvarle. Mi angustia sería mayor si hubiera visto su última actuación. No sabemos cómo reaccionaríamos ante una situación así, pero no creo que me quedasen ganas de diversión. El caso es que el festival continuó, animadísmo, lo cual ha sido objeto de una acerada crítica.

Actuaba a continuación Green Day. El grupo ha aclarado que no supieron del accidente hasta después del concierto, y que de haberlo sabido habrían suspendido la actuación. Y quizás lo más criticable fuera que la organización no avisase al grupo y suspendiera los conciertos en lo que quedaba de día.

Pero lo que me llama la atención de este asunto no es eso, sino que muchos testigos del accidente siguiesen con sus planes de diversión. Quizás sea que estamos acostumbrados a ver en el cine la representación de la muerte como un espectáculo, o de que ahora la infancia dura tres o cuatro décadas, pero no deja de sorprenderme esa frivolidad al contemplar la muerte. Como si ella no nos estuviese contemplando todo el rato.

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