José García Domínguez

La Historia absolverá a Merkel

«Merkel no ha sido más que una anécdota, una muy civilizada, discreta e ilustrada anécdota, dentro de un drama histórico, el de Europa»

Opinión

La Historia absolverá a Merkel
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José García Domínguez

José García Domínguez

Gallego practicante pese a residir desde la tierna edad de 5 años en Barcelona, ciudad donde se licenció en Económicas. Ha sido editor de El Correo Financiero además de colaborar en distintas etapas, entre otros medios de comunicación, en COPE, ABC, Es Radio, El Mundo y Libertad Digital.

Ahora que la derecha está en manos de auténticos cafres de barra de bar en tantos rincones de Occidente, echaremos de menos a Ángela Merkel, mujer que, al margen de lo que uno pensase sobre su acción de gobierno, encarnó en primera persona las viejas formas y el estilo tan olvidado de los conservadores de antes. De Merkel se están escribiendo muchas cosas durante estas vísperas. Y se escribirán, seguro, muchas más. De Merkel se está diciendo y se dirá todo, todo excepto lo fundamental. Y lo fundamental es que Merkel no fue, procede hablar ya en pasado, Merkel, sino Alemania. Porque cualquier otro dirigente alemán hubiese hecho, grosso modo, lo mismo que ella. Cualquiera. Y la prueba es que los socialdemócratas del SPD no sólo carecieron de inconveniente alguno para firmar una coalición con su CDU, sino que avalaron y aplaudieron su terapia a base de aceite de ricino macroeconómico, la llamada austeridad que tanto sufrimiento gratuito provocó en los países endeudados y forzados a desindustrializarse del Sur. A fin de cuentas, Merkel no ha sido más que una anécdota, una muy civilizada, discreta e ilustrada anécdota, dentro de un drama histórico, el de Europa, en el que el destino del continente todo siempre acaba dependiendo de Alemania. Porque parecía que dos guerras mundiales tan consecutivas como devastadoras habían servido para acabar, y de una vez para siempre, con esa condena fatal de los europeos. Pero no.

Francia, que tiene su biografía nacional surcada de cicatrices provocadas por bayonetas alemanas, contempló con un estremecimiento de temor antiguo la desaparición súbita de la Unión Soviética, el gendarme del Este que hasta entonces había garantizado con sus misiles nucleares y su Ejército Rojo en Berlín que Alemania nunca volvería a ser Alemania. La implantación inmediata del euro tras la caída del Muro fue, en el fondo, la manera con la que la Francia tan orgullosa de su franco y de su soberanía nacional intentó exorcizar ese miedo ancestral, atávico, a los boches. La forma de impedir una tercera hegemonía germana sobre el continente pasaba, creían en París, por disolverlos en Europa. Y el euro sería la vía. Pero acabó ocurriendo lo contrario, justo lo contrario. Fue Europa, ahora lo sabemos, quien cada vez más iría confundiéndose con Alemania y sus intereses particulares, no al revés. Aunque esta vez, a diferencia de las otras dos, la Historia quizá absolverá a los alemanes, Merkel incluida. Y es que procede no olvidar que fueron ellos, los alemanes, y por más señas Helmut Kohl, quienes pusieron en circulación aquella teoría luego derrotada y orillada, la llamada de la coronación, cuya premisa central era que Italia y España, en concreto España e Italia, no deberían formar parte del grupo inicial de países que iba a adoptar el euro coincidiendo con el cambio de siglo. La unificación monetaria, a juicio del entonces canciller y de toda la élite rectora alemana, debería constituir la última fase del proceso de construcción europea, que no la primera, tras un largo, muy largo y tutelado proceso de convergencia nominal y real entre las economías nacionales de los Estados miembros.

El mismo camino que ahora mismo está recorriendo, por ejemplo, Polonia, un país de desarrollo intermedio y más o menos parecido a España que, en cambio, no sufrió nada parecido a una terrible crisis económica, sino todo lo contrario, a partir de 2008. Visto hoy, ya con una perspectiva temporal de más de veinte años, la tesis alemana era de una sensatez absoluta, clamorosa, casi obvia. Kohl no era ningún necio, pero es que tampoco hacía falta ser un genio visionario para intuir que Alemania, Grecia y España difícilmente podrían compartir una misma divisa sin que los estragos fuesen graves para las dos últimas. Bastaba para ello con reparar en un simple dato estadístico, a saber: en los treinta años previos a la creación del euro, el marco alemán se revaluó un 500% en relación a la peseta. ¡Un 500%! Así las cosas, ¿alguien podría pensar que esa asimetría brutal iba a desaparecer de golpe  porque los gobernantes estamparan sus firmas en un tratado? Pues sí, había un hombre en Madrid que lo pensaba: José María Aznar. Lo ha escrito Jean Pisani-Ferri, una de las principales cabezas pensantes que rodean a Macron en El Eliseo. Romano Prodi, cuenta Pisani, propuso de modo formal a Aznar en 1995 que sus dos países retrasasen unos años su entrada en el euro. Pero Aznar se negó en redondo. Tenía prisa por pasar a los anales. España iba a entrar. Y si España entraba, Italia, un Estado fundador del Mercado Común, no se podía quedar fuera. Así que entramos todos juntos, también Portugal y Grecia. Y poco después vino lo que vino. Sí, la Historia absolverá a Merkel.

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